31 marzo 2014
Viis, el no-muerto
Aquí tienen as uno de los villanos del Libro Avanzado del Reino de la Sombra. Se trata de Viis, el no-muerto y antiguo lugarteniente del Rey-Dios (que algunos conoceran del suplemento En compañía de gigantes).
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Reino de la Sombra
06 marzo 2014
Hoja de personaje
Zapicm, en el foro de El Reino de la Sombra, se ha currado un excel que calcula automáticamente las puntuaciones de los personajes para el juego. Sólo tienes que elegir la raza, ocupación, añadir los puntos libres y el documento te hace todos los cálculos. La verdad es que es muy útil, así que aquí tenéis el link por si la queréis utilizar. Incluye además, razas y ocupaciones creadas en otros blogs.
Hoja de personaje
Hoja de personaje
03 marzo 2014
Crónicas de Valsorth - Turno 50
TURNO 50
– Doce de marzo del año 340, Agna-Anor.
Por
la mañana, y con el recuerdo de la dura lucha contra el titán y los orkos, el
grupo de aventureros se reúne con el capitán Caust.
-
Nos quedaremos aquí y resistiremos –les dice el veterano caballero-. No pienso
ordenar la retirada. Estas ruinas son una posición crítica y debemos
defenderlas para impedir el paso de los ejércitos enemigos. Por ello, no
seguiré el consejo que envían desde Eras-Har. Lo he consultado con mis
sargentos y todos estamos de acuerdo; nos quedaremos aquí.
El
capitán les pide que, cuando regresen a la ciudad, lleven este mensaje a la Mariscala. Sin
embargo, el grupo le explica que han venido en busca de una antigua reliquia, la Tabla de Rezos que les pidió
el Abad Auril que encontraran en la antigua biblioteca de Agna-Anor. El capitán
les desea suerte, así como les explica que sus hombres han explorado las
alcantarillas de la ciudad, y que no han encontrado ninguna biblioteca ni nada
que se le pareciese. Además, encontraron un enorme rastrillo de hierro que
cerraba el paso, así que, tras garantizar que nadie podía atacarles por esos
pasadizos, decidieron cerrarlas.
-
Si lo deseáis –les dice el capitán-, hay un acceso cercano al torreón del
vigía, por donde pueden entrar.
Así,
a media mañana el grupo se dirige a la entrada de las alcantarillas. Se trata
de una losa de piedra que cierra un pozo que desciende en la oscuridad y del
que sale un hedor nauseabundo. Uno a uno, bajan por el pozo hasta encontrarse
en un pasadizo circular de paredes de piedra, cuyo lecho se haya inundado por
el lodo y cubierto por aguas estancadas y pestilentes hasta casi cincuenta
centímetros.
Empiezan
a explorar los túneles, hasta que encuentran un amplio pasaje cerrado por una
pesada verja de hierro negro y enmohecido, que parece tener un mecanismo de
abertura, una conducción en el techo que se pierde por el pasillo al otro lado.
Sin poder pasar, el grupo se dirige al norte y recorre varios pasadizos, hasta
que se encuentran con un derrumbe que bloquea totalmente el paso.
En
ese instante, Mirul escucha un ruido, el sonido del agua al moverse y crear un
ligero oleaje. Sea lo que sea, el ruido se oye cada vez más cerca. Atrapados en
el callejón sin salida, el grupo se dispone a hacer frente a lo que se acerque.
Aguardan en tensión observando el oscuro túnel. Orun coloca la antorcha en la
pared y blande sus dos espadas. Olf aferra su hacha. En ese instante, las aguas
se sacuden por un intenso oleaje, y una babosa de cuerpo bulboso y oscuro se
alza ante Orun y ataca, seguida de otras cuatro sabandijas que nadan por las
aguas. La critura arrastra al salvaje al agua, y le clava sus fauces en el
hombro, inyectándole el tóxico de sus colmillos. Olf despedaza a la criatura
que aprisiona a Orun, mientras que la mercenaria Arisal abate a otra de un
flechazo.
Entonces
las babosas pasan de largo, y siguen nadando hasta el derrumbe, donde
desaparecen bajo las aguas. Entonces les queda claro que esas criaturas huían
de algo… el sonido del agua al desplazarse se oye de nuevo, más cerca.
Sin
tiempo para prepararse, el grupo se vuelve hacia la oscuridad del túnel, donde
emerge una gran sombra que parece ocuparlo todo. Mirul convoca su poder arcano
y un proyectil de fuego ilumina el pasadizo, explotando en una catarata de
llamas que prende fuego a su rival. Las llamas muestran la figura de piel
escamosa piel y cuerpo alargado que avanza ondulante sobre las oscuras aguas.
Entonces se alza rompiendo las aguas y abre unas enormes fauces plagadas de
afilados colmillos a la vez que emite un agudo silbido. Se trata de una
serpiente gigante, que avanza envuelta en llamas y se lanza sobre el primero
que ve, Orun, que se mueve a un lado justo para esquivar los colmillos
venenosos.
Mientras la enorme serpiente trata de alcanzar al ágil salvaje, el resto desatan una lluvia de ataques sobre el monstruo, que recibe flechazos, hachazos y varios proyectiles mágicos, hasta que por fin, cae muerta sobre las aguas verdosas.
Mientras la enorme serpiente trata de alcanzar al ágil salvaje, el resto desatan una lluvia de ataques sobre el monstruo, que recibe flechazos, hachazos y varios proyectiles mágicos, hasta que por fin, cae muerta sobre las aguas verdosas.
Tras
el duro combate, el grupo decide qué hacer a continuación. Las babosas han huido
por un espacio bajo el derrumbe, y encuentran con facilidad el agujero. Usando
una cuerda atada a la cintura, Olf bucea por las pestilentes aguas, siguiendo
un estrecho paso que se abre entre los cascotes. Tras dos intentos, el bárbaro
encuentra un pasadizo al otro lado, y tira de la cuerda para avisar a sus
compañeros. Uno a uno, los aventureros pasan por el pasaje inundado, alguno
tragando más agua de la cuenta, y pronto se encuentran todos en un nuevo
pasaje.
Desde
aquí siguen investigando los pasajes, buscando acercarse a lo que suponen es el
centro de la ciudad. Tras seguir varios pasadizos, llegan a una escalera de
piedra que baja hacia un nivel inferior y cuyos escalones se encuentran
cubiertos de musgo. Descienden en la negrura hasta llegar a una puerta de
piedra que cierra el camino, sobre el que se lee en un grabado “biblioteca de
Agna-Anor” y a cuyo lado hay una herrumbrosa palanca de hierro. ” Al accionar
la palanca, la puerta de piedra se abre y permite pasar al interior de una
majestuosa sala de altas estanterías repletas de libros y gruesos volúmenes. Es
una enorme sala, repleta de estantes en los que se apilan infinidad de
documentos, libros y volúmenes. Una escalera derruida subía a un nivel
superior, pero ahora no es más que un montón de cascotes y el paso hacia arriba
está cerrado. En una mesa que ocupa el centro de la biblioteca destaca un
soporte de piedra sobre el que hay una tabla de piedra adornada con infinidad
de antiguos grabados. El paladín Fian,
con el corazón aporreando su pecho, examina el grabado y reconoce que se trata
de la Tabla de
Rezo que venían a buscar. Con el sagrado objeto en su poder, además de algunos
libros con aspecto de ser muy antiguos, los aventureros buscan la manera de
abandonar estos pasadizos.
Tras
llegar a la sala de control de los rastrillos, logran levantar la verja que
cerraba el paso y por allí pueden llegar al pozo por donde entraron en las
alcantarillas. Ansiosos por salir de esas profundidades, escalan hasta la
superficie, donde salen en medio de noche.
Sin
embargo, les recibe el sonido de la guerra, de los gritos y el entrechocar del
metal de una batalla. La calle y el torreón están plagados de cadáveres de
caballeros y orkos, mientras que varios titanes se vislumbran al este, atacando
la torre del capitán Caust.
Apesumbrados,
los aventureros ven que se trata de un ataque a gran escala, en que orkos y
titanes arrasan a las fuerzas de Stumlad y aniquilan a los humanos. A simple
vista, parece el fin de los caballeros.
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24 febrero 2014
Crónicas de Valsorth - Turno 49
TURNO 49
– Once de marzo del año 340, Eras-Har.
Después
de dedicar la tarde a realizar varias tareas, entre ellas aprovisionarse con
ingredientes curativos, con los que Mirul elabora una poderosa pócima curativa
basada en la planta Etalan, el grupo dedica la noche a descansar.
A
la mañana parten junto a Erisal en dirección este, siguiendo río arriba el
Durn, y adentrándose en las tierras abandonadas cercanas a las montañas.
Durante seis días viajan sin imprevistos, hasta que una tarde, entre la niebla
que cubre el nevado paisaje, Orun detecta alguien que se acerca.
Rápidamente,
todos se ocultan a un lado entre los árboles, desde donde ven pasar a toda
velocidad a un grupo de cuatro hiallus montados por orkos. Las criaturas no les
descubren, y siguen su carrera hacia el oeste, mientras su líder les exhorta
algo en orkan.
Una
vez pasado el peligro, Erisal les explica que el orko gritaba “¡Más rápido!
Tenemos que encontrar a ese hombre antes de que escape”.
Sin
mayores contratiempos, el grupo corona una colina y tras dejar atrás un bosque
de abetos de hoja negra, contemplan los restos de la antigua ciudad de
Agna-Anor. Se trata de lo que siglos atrás debió ser una majestuosa urbe, de
altos edificios de piedra gris, desmoronadas por el paso del tiempo y la guerra.
Torres y cúpulas se alzan todavía sobre los restos de las casas, aunque sus
piedras erosionadas les otorgan un aspecto fantasmal. El centro de la ciudad se
encuentra anegado por las aguas del río Durn que baja desde las montañas,
inundando las calles centrales y con un grupo de edificios sobresaliendo como
una isla en medio de su cauce.
Ya
está anocheciendo cuando se acercan a los restos de las desmoronadas murallas,
momento en que se topan con cuatro caballeros que aparecen entre los edificios
y les apuntan con arcos, dándoles el alto. Tras identificarse, los caballeros
les dejan pasar y les guían al interior, hacia el campamento de los caballeros.
Durante la marcha entre las calles derruidas, uno de los caballeros les explica
el curso de la guerra.
-
La situación es desesperada. Hemos luchado durante meses contra los orkos que
ocupan la parte oriental de la ciudad, y los habíamos mantenido a raya sin
demasiados problemas. Pero hace una semana cambió todo. El enemigo lanzó un
ataque a gran escala, y al frente de las tropas iban una decena de titanes,
criaturas altas como un edificio que arrasaban con todo a su paso. Decenas de
compañeros murieron ese día, mientras que sólo conseguimos derribar a uno de
ellos. Así, nos vimos obligados a retroceder y ahora sólo controlamos una
cuarta parte de la ciudad.
El
grupo llega a la plaza del mercado, que aún conserva los edificios donde
estaban los puestos y tiendas. En la actualidad, estos edificios son el refugio
de los caballeros de Stumlad, siendo casi veinte locales y tiendas donde se han
instalado catres, armerías y almacenes. Al Nordeste de la plaza, en el gran
torreón de piedra, tiene sus dependencias el capitán Caust, así como sus
sargentos y los miembros de su guardia. Se trata de un edificio de cinco plantas
de altura, que ha permanecido indemne al paso del tiempo. El Capitán ocupa la
planta superior, y allí se dirige el grupo para entregar el mensaje del capitán
Dobann de Eras-Har.
El
capitán es un veterano guerrero enfundado en la
pesada coraza de la orden de Stumlad. Tiene el cabello corto ya salpicado por
las canas, y sus ojos azules han perdido el brillo de la juventud. Con gesto
hastiado, lanza el pergamino al fuego de la chimenea y maldice.
- Necesitamos tropas y simplemente recibo una nota en que me plantean
la posibilidad de abandonar la ciudad y regresar a Eras-Har. ¿Para eso hemos
luchado tanto? –niega con la cabeza-. En fin, mañana tendré una respuesta, pues
debo departir con mis sargentos. Hasta entonces, quedaros en el campamento y
seguir las órdenes. Recordad que estamos en guerra.
Mientras, Olf habla con un clérigo que ofrece una misa a los
caballeros en medio de la plaza y le pregunta sobre la tabla de rezos que han
venido a buscar, y donde puede estar la antigua biblioteca. El clérigo no sabe
nada al respecto, y dice que no ha visto ninguna biblioteca en las ruinas.
Fian reflexiona al respecto y considera que la biblioteca debe
estar en algún lugar protegido, pues antiguamente los libros eran objetos aún
más valiosos y se guardaban a salvo de los elementos y otros peligros.
Al
ir a pasar la noche, el grupo decide repartirse y Mirul, Fian y Erisal van a la
torre del campanario para ayudar en la vigilancia, mientras que Orun y Olf se
quedan en el campamento. Las dos elfas y el paladín se apostan en lo alto de la
torre y ayudan en las guardias.
Durante
el turno de Mirul, la elfa le parece ver una torre que se mueve en las
cercanías, alerta a sus compañeros y uno de los caballeros duda en dar la
alarma. Al final, Mirul tira de la cuerda y la campana resuena en la noche,
justo cuando un grupo de orkos surge entre las calles sale a la carrera hacia
la torre. Al frente avanza una criatura enorme, de casi diez metros de altura y
de amplia constitución, abultado estómago y fuertes brazos que blanden un tronco
de árbol a modo de garrote. Tiene la cabeza calva y el rostro grotesco, adornado
con aros de hierro y macabros pendientes, mientras viste con largas pieles y
sus poderosas piernas pisotean con rabia haciendo temblar el terreno a medida
que avanza.
La
elfa reacciona conjurando uno de sus hechizos y un proyectil brillante cruza la
noche, para impactar de pleno en el gigante y llenar la calle de llamas,
matando a varios de los orkos. A pesar del fuego, el enemigo sigue avanzando
bajo el ataque de las flechas, y alcanza la torre donde se enfrentan a los
caballeros. El titán describe un tremendo golpe con su garrote que alcanza a
Fian, aplastándolo y dejándolo moribundo. Después se vuelve y destroza a otro
caballero de un golpe que lo lanza al vacío. Mirul aparta a Fian del combate y
le aplica la pócima curativa que había creado, salvándole la vida. Justo en ese
momento aparecen los refuerzos que llegan del campamento, con Olf y Orun al
frente. El bárbaro carga contra el titán, cortándole los tendones de la pierna
de un terrible hachazo. El gigante se desploma como un árbol talado y cae
muerto entre los cascotes.
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15 febrero 2014
Crónicas de Valsorth - Turno 48
TURNO 48 – Diez de
marzo del año 340, Eras-Har.
A la mañana
siguiente, después de una noche de descanso, el grupo se presenta primero en el
fuerte de los Yelmos Negros, donde acompañan al Capitán Dobann y los caballeros
supervivientes. La noticia de que la caída de fuerte Terain ha corrido como el
fuego por la ciudad y cuando los aventureros cruzan las nevadas calles hacia el
centro de la urbe muchas personas les preguntan por estos rumores. Algunos se
lamentan, mientras que los más agoreros claman diciendo que esta es otra señal
del mal que resurge en el norte.
Una vez en
la fortaleza, el Capitán Orlant saluda a los recién llegados, intercambia
varias impresiones con Dobann y deciden mantener una reunión privada, a la que
invitan a los miembros del grupo que sobrevivieron.
- Sin duda
no son buenas noticias –asiente Orlant al oír la marea de orkos que asoló el
fuerte y exterminó a los caballeros-. Las fuerzas enemigas se multiplican a
nuestro alrededor. Nosotros apenas conseguimos hacer frente a los ataques que
asolan los campos. Luchamos sin descanso día tras día, pero vamos perdiendo
terreno poco a poco.
- La
presencia de algo terrible en el norte es una realidad –interviene Dobann-. No
soy de esos que se creen las historias de viejas que cuentan algunos sobre el
nigromante en el norte y demás, pero lo que he visto estos meses en las
montañas no tiene otra explicación. Además… -hace una pausa antes de seguir,
mira a quien les rodea y parece plantearse si hablar en voz alta-. Hay algo que
sucedió en nuestros últimos días en el
norte y que no he explicado aún.
El capitán
relata entonces la historia de una patrulla que envió a una exploración al
norte de Terain. Pero fueron atacados y masacrados, y sólo uno regresó con
vida. Moribundo, habló de que les había atacado un dragón.
- ¿Un
dragón? –salta Orlant-. ¡Eso es imposible! Los dragones no son más que
leyendas, historias para asustar a los niños.
- Sólo sé
lo que dijo el caballero –continua Dobann-. Entre delirios, habló de un
gigantesco dragón rojo que apareció en el cielo, mientras se dirigían a las
minas de Numbar. Su fuego mató arrasó a la patrulla, y sólo él sobrevivió
fingiendo estar muerto.
Yo tampoco
creería esas historias, si no hubiese visto al caballero. Tenía todo el cuerpo
quemado y lleno de ampollas. Aún me pregunto de donde sacó las fuerzas para
recorrer el camino de regreso al fuerte y explicar lo sucedido.
- Estamos
en una situación crítica –asiente Orlant-. Nuestras fuerzas se debilitan
mientras el enemigo aumenta su poder… no podemos continuar así. Enviaré un
emisario a Solak informando de lo sucedido, y pediré refuerzos. Mientras, lo
que me preocupa es el destacamento que defiende las ruinas de Agna-Anor. El
Capitán Caust lidera a los caballeros que resisten el ataque principal de los
ejércitos orkos. Sin duda, debe saber lo que aquí está pasando.
- No
podemos perder esa posición –advierte Dobann-. Pero está claro que debe saber
que está en peligro, sobre todo si un dragón rojo surca los cielos del norte.
- Bien,
entonces este será el plan –dice Orlant-. Enviaré un grupo a las ruinas para
alertar a Caust, a la vez que puede ayudarle a mantener la defensa del río. Por
otro lado, necesitamos alguien que vaya a la capital, Solak, e informe de lo
sucedido, alguien con autoridad para hablar con el mismo Rey Edoar.
- Yo iré a
Solak –afirma Dobann-. Explicaré la derrota de Terain y aceptará el castigo por
mi fracaso. Si el Rey mantiene su confianza en mí, volveré para continuar la
lucha, espero que al frente de un gran destacamento de caballeros.
- Bien,
ahora necesitamos alguien que pueda llegar a Agna-Anor e informar a Caust
–sigue Orlant y se vuelve hacia los aventureros-. En estas semanas que lleváis
a mi cargo habéis demostrado ser dignos de confianza y llenos de recursos. Os
pido ahora que crucéis el territorio hacia el este y vayáis a Agna-Anor para
poneros al servicio de Capitán Caust. La exploradora Erisal será vuestra guía.
El grupo
abandona el fuerte poco después del mediodía. Es entonces cuando se dirigen a
la abadía de Sant Foint, para encontrarse con el Abad Auril y darle la Tabla de Rezos que
encontraron en el bosque de la araña.
El religioso
se muestra muy agradecido con ellos por haber completado el encargo, y les
recompensa con 100 monedas de plata a cada uno.
- Sin duda,
habéis demostrado ser dignos servidores de Korth –asiente el anciano.
Fian le
explica que han recibido el encargo de ir a Agna-Anor, para alertar del peligro
que se cierne desde el norte.
- Sin duda
la oscuridad y la blasfemia se ciernen sobre nosotros –afirma Auril-. Pero
quizás podáis ayudarnos también durante vuestro cometido en la ciudad en
ruinas. Veréis, la recuperación de la
Tabla de Rezos y el diario de Jocan me ha permitido estudiar
sus grabados y descubrir que un mensaje se ocultaba entre sus runas. Sin embargo
necesito el resto de las tablas para poder descifrar por completo el mensaje.
Según el diario del Padre Jocan, la segunda de las tablas se encuentra en las
ruinas de Agna-Anor, la antigua ciudad que hay al Este y donde nuestras tropas
se enfrentan con las hordas de orkos que han invadido la región. Ya que os
dirigís hacia allí, os pido que encontréis entre las ruinas la segunda de las
Tablas de Rezo, antes de que los efectos de la guerra la destruyan. Por lo que
he podido descifrar, la tabla puede estar en la antigua biblioteca que había en
el centro de la ciudad.
Con esta
información, el grupo se despide del religioso y sale de la abadía.
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27 enero 2014
La caída de Teshaner (XXVI)
El encapuchado fue el primero en atacar, saltando hacia
adelante mientras realizaba sendos cortes circulares con ambos puñales. Josuak
agachó la cabeza para esquivar la primera estocada y rechazó la segunda interponiendo
su espada. El encapuchado se revolvió con sorprendente velocidad y lanzó un
nuevo ataque, dirigiendo su puñal derecho al pecho del mercenario. Éste evitó a
duras penas la afilada punta y lanzó una patada baja a las desprotegidas
piernas del hombre, alcanzándole en una rodilla y haciéndole caer de espaldas
sobre el estrecho paso. Moviéndose con rapidez, Josuak situó la espada sobre su
enemigo, apuntando directamente al rostro, que había quedado al descubierto al caer
la capucha a un lado.
- Bien, hablemos ahora -dijo Josuak. La punta de su espada
se posó suavemente sobre la garganta del fugitivo. Se trataba de un hombre
joven, apenas un muchacho imberbe, de facciones lampiñas, pelo rubio sedoso y
unos luminosos ojos verdes. No aparentaba tener más de dieciséis años, pero en
su determinada mirada no se descubría signo de temor ante la delicada situación
en que se hallaba.
- ¿Quién eres y qué relación tienes con la mujer de la que
te he hablado? Ya sabes quien, la chica del pelo blanco que me desvalijó la
otra noche.
El muchacho se negó a responder en un primer momento. Josuak
posó el pie sobre el agitado pecho del caído y presionó el filo de su espada
sobre el cuello del muchacho.
- Es la última advertencia -le amenazó con frialdad-. O me
cuentas lo que quiero saber o empezaré a llenar de cortes esa bonita cara que
tienes -añadió, a la vez que la punta de su espada abría un finísimo hilillo de
sangre en la piel del chico.
- Soy un miembro de la Mano Silenciosa, la cofradía de
ladrones -respondió éste con rapidez al sentir el frío contacto del acero. Sus
ojos habían perdido la confianza y ahora relucían de temerosa ansiedad-. Somos
un grupo de ladrones que nos ganamos la vida cómo mejor podemos. La chica de la
que hablas debe ser Izana, una hermana de la cofradía. Ella se corresponde con
esa descripción.
- Bien, bien, veo que vamos entendiéndonos -asintió Josuak
sin aligerar la presión de su arma-. ¿Dónde está ella? ¿Dónde os ocultáis?
- Eso no puedo decírtelo -protestó el ladrón con un
chillido-. Si lo hago, Tauds me matará por traicionarles.
- Si no lo haces, morirás ahora -repuso Josuak sin variar su
duro tono de voz.
Los ojos del muchacho le miraron suplicantes. Los copos de
nieve caían sobre su rostro y el viento agitaba su fina melena rubia. Al
instante, su resistencia se quebró y continuó hablando en voz apenas audible
bajo el sibilante viento.
- Nuestro refugio está en las alcantarillas, en los túneles
abandonados del norte. Solemos usar la entrada que hay cerca de la plaza de...
En ese momento, un grito cortó la confesión del chico.
- ¡¿Eh, quién hay ahí arriba?! -inquirió un hombre desde la
calle que discurría bajo el arco en que se hallaban el mercenario y el ladrón.
Josuak apartó la mirada de su presa y se volvió hacia la
callejuela para descubrir a una patrulla de milicianos observándole desde la
calzada. Eran cuatro hombres, armados con espadas y portando antorchas. Uno de ellos
les señalaba directamente con el dedo.
- ¡Vosotros, bajad ahora mismo de ahí! -ordenó mientras los
otros tres soldados desenfundaban sus aceros.
Aprovechando la distracción, el ladrón se escabulló entre
las piernas de Josuak y le propinó una fuerte patada en el talón del pie
derecho. Josuak perdió el equilibrio y cayó cuan largo era sobre el duro suelo
de piedra. El ladrón se puso en pie de un salto y, sin demorarse un segundo, huyó
hacia el tejado del edificio contiguo.
- ¡Quietos, quietos! -gritó el jefe de la patrulla.
Josuak no hizo caso de sus palabras y se levantó con
rapidez. Maldiciendo la interrupción de aquellos soldados, se apresuró en pos
del joven ladrón, quien saltaba ágilmente la separación entre dos tejados. Los guardias
repitieron su orden, pero fugitivo y perseguidor ya habían desaparecido en el
laberíntico entramado de tejados y callejuelas. Josuak cruzó varios edificios
siguiendo la sombría figura del ladrón. Sin embargo, el mercenario dejó deliberadamente
que la distancia que les separaba fuese en aumento. Ralentizó el paso, lo justo
para no perder de vista a su objetivo y continuó la persecución desde una
distancia prudencial. Tras superar un nuevo tejado, el ladrón bajó a la calle
descolgándose por una viga de madera. Josuak se desvió a un lado y bajó del
edificio por una fachada lateral, cayendo a un oscuro callejón cubierto de
nieve y desperdicios.
Corrió hasta la esquina y espió con cuidado: el muchacho se
alejaba por una nueva avenida, echando rápidas miradas a su espalda pero sin
descubrirle. Josuak siguió los pasos del ladrón por varias travesías, hasta que
el chico por fin redujo el paso y volvió a examinar la calle que había dejado
atrás. Al no ver a nadie, se cubrió con la capucha de su capa azulada antes de
continuar andando, confiado en haberse desembarazado de su perseguidor.
Josuak no se expuso a ser descubierto y siguió al muchacho.
Después de descender una de las cuestas que llevaban a la muralla, su presa le
llevó hasta una plaza circular. El ladrón se detuvo justo en su centro, al lado
de una fuente de piedra adornada con las estatuas de dos querubines alados, y
echó una mirada alrededor. Josuak permaneció parapetado tras la fachada del
edificio y aguardó en tensión. En ese momento, el joven ladronzuelo se llevó
una mano a los labios y emitió una leve llamada, un murmullo que recordaba al
canto de una urraca. Por unos segundos, el encapuchado permaneció en pie sin
moverse del centro de la plaza y pareció que nadie respondía a su llamada.
Entonces, tres figuras surgieron de las sombras y de los callejones
circundantes. Eran altas y alargadas, vestidas también con capas de tonos azulados
que les cubrían hasta los pies y con las capuchas echadas sobre los rostros.
Los cuatro ladrones se reunieron en el centro de la plaza, intercambiaron unas
breves palabras y se apresuraron en dirección norte.
El mercenario los siguió por el laberíntico entramado de
callejuelas hasta una plazoleta en cuya cara occidental se abría un oscuro y
siniestro desagüe. Era un túnel de apenas metro y medio de diámetro, con el
moho y la podredumbre adheridos a los adoquines de piedra. Una destartalada
verja de barrotes oxidados cerraba la entrada. Josuak, agazapado tras una
esquina, observó cómo los cuatro encapuchados abrían la verja y desaparecían en
la oscuridad de las alcantarillas.
Tras aguardar un instante, Josuak cruzó la plaza para
observar el agujero por el que habían entrado los fugitivos. El mercenario se
dio por satisfecho con saber donde se ocultaban y, dándose la vuelta, decidió regresar
a la posada. Ahora que conocía el cubil de la cofradía de ladrones, no tardaría
en encontrarse de nuevo con la misteriosa ladrona de argenteo cabello. Entonces
saldaría la deuda pendiente que tenía con ella.
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Teshaner
20 enero 2014
La caída de Teshaner (XXV)
Con la llegada de la noche, Josuak consiguió que Gorm
guardara reposo en su habitación. El gigante había protestado ante los cuidados
de una de las posaderas, quejándose como un niño cuando le aplicaron los ungüentos
curativos sobre las heridas que salpicaban su corpachón.
- ¡No son más que rasguños! -bramaba, insistiendo en que no
necesitaba tantas atenciones. Josuak logrado convencer a su compañero para que
dejase hacer a la muchacha. Una vez Gorm dejó de protestar, Josuak salió de la
habitación y bajó al salón.
Pocos clientes se habían congregado aquella noche en la
posada, no más que una decena de solitarios y taciturnos hombres que bebían
ensimismados en sus propios pensamientos. El crepitar de la hoguera era el único
sonido que se oía. Incluso las camareras permanecían calladas con gesto serio,
sin rastro de la habitual alegría que iluminaba sus sonrisas.
Josuak ocupó una de las mesas y pidió algo de vino caliente.
La muchacha le sirvió una humeante taza de barro y Josuak la abarcó con ambas
manos para calentárselas. No le había dicho nada a Gorm, pero una idea
revoloteaba en su mente desde hacía días. No podía dejar de pensar en la noche
en que salió a dar un paseo por a muralla y fue asaltado por aquella ladrona encapuchada.
Desde entonces, no había día en que un sentimiento de resquemor le abrasase el
estómago al recordar el suceso. Aquella ladrona le había tomado el pelo como si
fuese un vulgar palurdo de pueblo. Eso le enfurecía a Josuak. De una forma u
otra, iba a encontrar a aquella bribona para recuperar el dinero que le había
robado, y de paso restablecer su dignidad.
Dio un lento trago de vino y tomó una decisión. Sin avisar a
nadie, recogió su capa, su espada, depositó una moneda sobra la mesa y abandonó
la posada poco antes de que el tañido de las campanas sonara en la ciudad
anunciando la medianoche. Una vez fuera, cerró la puerta y el cálido confort
del salón fue reemplazado por el inclemente viento invernal. La noche era
oscura, las estrellas eclipsadas por negros nubarrones que vertían una copiosa
nevada sobre la ciudad. Josuak se arrebujó en su capa verde y echó la capucha
para protegerse el rostro. Tras echar una mirada a un lado y otro de la
desierta calle, emprendió un rápido paseo en dirección al barrio viejo de la
ciudad.
Recorrió la larga avenida sin encontrarse más que unos pocos
soldados que bajaban de las murallas tras terminar su turno de vigilancia.
Josuak abandonó entonces la vía principal y se internó por los empinados callejones
del barrio viejo. Caminó encorvado para protegerse del viento que soplaba en la
estrecha calle, internándose entre los adornados arcos que formaban los viejos
edificios. Los pocos fanales que pendían de los muros iluminaban tenuemente los
pasos del mercenario, que caminaba decidido hacia el lugar donde la misteriosa
ladrona le había asaltado pocos días antes.
Una vez alcanzó la empinada callejuela donde se había
producido el asalto, el mercenario se arrimó a la fachada de una de las
antiguas casas y se refugió en las sombras que se abrían bajo una balconada de piedra.
Desde allí tenía un buen ángulo de visión de toda la calle y nadie que pasase
por ella repararía en él.
Aguardó en su escondite durante lo que le pareció una
eternidad. El viento silbaba alrededor y le golpeaba con fuertes ráfagas. La
nieve se colaba bajo su capa, empapándole las ropas. Se arrimó aún más a la
pared aunque poco podía hacer para protegerse de la fría noche. Por la calle
apenas discurrieron algunos milicianos que volvían de las murallas y un par de
hombres que regresaban con prisa a sus hogares. Josuak se frotó las enguantadas
manos, tratando inútilmente de calentarlas, y volvió a examinar la calle, sin
ver más movimiento que el danzante brillo de las antorchas. Se maldijo una y
otra vez por estar allí pasando frío y perdiendo el tiempo en vez de
descansando en la posada. Su tozudez le iba a costar una pulmonía y puede que
eso lo pagase muy caro en la batalla del día siguiente. Pasaron largos minutos
sin que nadie apareciera por la callejuela. Josuak renegó de nuevo y soltó un
bufido. Ya estaba harto, aquello era una estupidez, sería mejor darse por
vencido y olvidarse de aquella ladrona y de la bolsa de monedas de oro que le
había robado.
Resignado, se apartó de la fría piedra del edificio y se dispuso
a regresar a la posada. En ese preciso instante, una figura apareció en lo alto
de la cuesta, surgiendo de una callejuela lateral. Josuak reaccionó
instintivamente y regresó a la oscuridad que le ofrecía el balcón. Contuvo el
aliento para que el cálido vaho de sus pulmones no delatara su posición y
contempló cómo la figura, alta y de delgada constitución, se encaminaba a pasos
ligeros a lo largo de la calle, evitando exponerse a los claros de luz que se
abrían bajo los fanales. A pesar de la penumbra que reinaba en la calleja,
Josuak pudo distinguir los ropajes que vestía el nocturno caminante. Los
reconoció al momento; una liviana capa de tela azul con la capucha echada y
ocultando el rostro. Eran las mismas ropas que llevaba la ladrona, aunque este
misterioso personaje parecía algo más corpulento. Con tan poca luz era difícil
apreciarlo.
El mercenario aguardó en su escondite mientras la
encapuchada figura se deslizaba calle abajo, sin dejar de echar nerviosas
miradas a su espalda para asegurarse de que nadie le seguía. Josuak se mantuvo
en tensión, preparado para salir de improviso y atraparle antes de que el desconocido
pudiese reaccionar. El misterioso personaje se detuvo tras dar unos pocos pasos
más y se volvió de nuevo para investigar la callejuela que había dejado atrás.
Josuak se dispuso a lanzarse sobre él, cuando un tenue brillo iluminó fortuitamente
el rostro que se ocultaba bajo la capucha. No era una mujer, sus rasgos eran
estilizados y lampiños, pero mostraban claramente que se trataba de un joven
varón. Josuak refrenó su impulso y se guareció en la sombra, temeroso de que el
extraño le hubiese descubierto.
El encapuchado dejó de investigar la callejuela y
reemprendió su rápido caminar por la cuesta. Josuak dejó que la sombra azulada
se alejara unos cuantos metros antes de abandonar el escondrijo y seguir sus
pasos.
No se trataba de la ladrona que él conocía, pero los ropajes
eran los mismos, de eso estaba seguro, y el hecho de pasearse por la misma zona
a esas altas horas de la noche y vistiendo de igual manera le parecían demasiadas
coincidencias. Seguiría al encapuchado para descubrir que relación tenía con la
ladrona.
Josuak avanzó hasta la esquina que la azulada capa acababa
de doblar. Se asomó con cuidado y descubrió al encapuchado internarse por un
nuevo callejón que llevaba hacia el norte. Con sigilosos movimientos, el mercenario
corrió sobre el manto de nieve en pos de su predecesor. Al asomarse a la
esquina, vislumbró fugazmente el revoloteo de la capa justo antes de doblar un
nuevo recodo y perderse por otro callejón. Josuak recorrió la calle y espió con
precaución. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que el encapuchado había
arrancado a correr, pudiendo apenas verle desaparecer tras una nueva esquina. Josuak
maldijo en un murmullo antes de salir corriendo tras su presa. De alguna manera,
el extraño se había percatado de que le seguía y había decidido dejarle atrás.
El mercenario cruzó la calle a máxima velocidad, sin importarle ya que sus
pasos resonasen en la silenciosa noche, preocupado tan sólo por no perder de
vista al hombre de la capa azul. Tras girar el recodo resbalando en la fina
nieve, siguió corriendo por la nueva callejuela, sin ver a nadie en ella, por
lo que temió haber perdido el rastro de su presa. Entonces descubrió una figura
que trepaba ágilmente por encima de una de las verjas que se abrían a un lado
del callejón. El extraño salvó el obstáculo antes de perderse al otro lado.
Josuak corrió raudo y saltó para encaramarse sobre las rejas, cuidando de no
herirse con las afiladas puntas que la coronaban. Al caer al otro lado,
reemprendiendo la persecución del encapuchado, que huía a la carrera. Josuak
sonrió satisfecho al comprobar que la distancia con su presa se había reducido.
A ese ritmo no tardaría en darle alcance.
El fugitivo se desvió nuevamente a un margen de la calle y
trepó a un voluminoso montón de heno que había apilado a un lado. Desde allí
saltó para encaramarse al tejado de la casa. Una vez en lo alto del edificio,
echó una fugaz mirada abajo. Josuak, sintiendo la mirada del encapuchado sobre
él, imitó sus movimientos y salto sobre el montón de heno. El mercenario se
aferró con sus enguantas manos al helado borde y trepó al tejado para descubrir
que el encapuchado corría hacia el otro lado.
La persecución prosiguió por encima de los tejados. El
hombre de la capa azul corría con asombrosa velocidad sobre el resbaladizo
piso, saltando ágilmente de un edificio a otro. Josuak tuvo que emplearse a fondo
para no quedar atrás. Recorrió a largas zancadas el tejado de la primera casa y
se lanzó al vacío por encima de uno de los estrechos callejones, aterrizando
con una voltereta al otro lado. Incorporándose con rapidez, cruzó el tejado,
desde donde saltó hasta el siguiente edificio. Voló en la oscuridad de la noche
y cayó con ambos pies para continuar su carrera, vislumbrando brevemente al
encapuchado, que atravesaba en ese instante uno de los arcos que cruzaban la
calle. Tras superar el puente, el misterioso hombre se detuvo para echar un
rápido vistazo atrás y comprobar que su perseguidor había reducido considerablemente
la distancia que les separaba. Entonces, sus manos se ocultaron bajo sus
ropajes para reaparecer sujetando un par de alargados puñales. Asiendo uno en
cada mano, se situó sobre el abombado arco de piedra y adoptó una posición de
guardia.
Josuak detuvo su carrera nada más pisar el arco en cuyo
extremo opuesto le esperaba el fugitivo. Con un gesto, el mercenario echó atrás
la capucha, dejando al descubierto sus rasgos y clavando una dura mirada sobre
su oponente. Durante un instante, ambos contendientes se observaron en
silencio, mientras el viento hacía revolotear sus capas.
- No es a ti a quien busco. -Josuak habló con voz pausada-.
Mi objetivo es una mujer, una chica de pelo largo y claro, que viste una capa
muy similar a esa que llevas -dijo mientras avanzaba lentamente hasta alcanzar
el centro del arco de piedra-. Ella y yo tenemos un asunto pendiente y estoy
seguro de que tú podrías decirme dónde encontrarla.
Como toda respuesta, el encapuchado dio un paso al frente,
alzó ambas manos y cruzó los puñales ante la sombra que era su rostro. El filo
de las armas relució plateado en la oscuridad de la noche en silencioso desafío.
- Entonces será por las malas -dijo Josuak y, con un rápido
movimiento, desenvainó su espada.
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16 enero 2014
Más Libro Avanzado
Pues aquí tenéis algunas ilustraciones más del Libro Avanzado. Además, y tal y como ha comentado Nosolorol en las redes sociales, se confirma que el libro saldrá en el segundo semestre del año. Ya queda menos.
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13 enero 2014
La caída de Teshaner (XIV)
Kaliena y los monjes de la orden de Korth recorrieron a toda
prisa la abrupta callejuela, abriéndose paso entre la riada de fatigados
soldados que bajaba por ella. Una vez alcanzaron el alto de la muralla, la
mujer tuvo que reprimir un grito de horror al contemplar el aspecto que
presentaba el bastión. La amplia vía era un lugar arrasado: los muros de piedra
habían sido destrozados, convertida su parte superior en un amasijo de escombros
y cascotes. El regular perfil de las almenas aparecía ahora mellado, plagado de
grietas y socavones. La calzada se hallaba cubierta por una masa informe de
cadáveres entrelazados. Los soldados caídos se adivinaban entre los montones de
orkos muertos, mirando con ojos vidriosos desde los pálidos rostros manchados
de sangre. Junto a ellos había también una infinidad de caras perrunas en cuyos
ojos permanecía un apagado fulgor rojizo. Las fauces de colmillos amarillentos
restaban abiertas, entre las que asomaban las hinchadas lenguas ennegrecidas. Grupos
de soldados se dedicaban a vaciar el paseo. Sin miramientos, arrojaban al vacío
los cadáveres de los orkos, que impactaban con un sonido hueco contra el suelo.
Algunos hombres cargaban sobre los hombros a sus compañeros heridos, mientras
otros apartaban los grandes pedruscos que aún permanecían en la muralla.
Aquella era una imagen de pesadilla. Como en los peores
sueños sobre el infierno, la muralla era un lugar de almas torturadas y cuerpos
castigados, en la que sólo se escuchaba el murmullo de los heridos y sus súplicas
en busca de ayuda. Ajenos a todo el horror, los soldados seguían trabajando en
medio de aquella barbarie.
Sacudiendo la cabeza, Kaliena apartó cualquier pensamiento
funesto y se apresuró en socorrer a varios de los heridos que aguardaban
tirados junto a los muros. Se dedicó a un joven soldado, apenas un niño, que yacía
apoyado de espaldas contra la piedra. Sus piernas, flácidas y sin fuerzas,
aparecían ensangrentadas en el punto donde los huesos habían sido astillados
por un proyectil de catapulta.
- Rápido, hay que sacar de aquí a este hombre -oyó gritar a
uno de los monjes.
Kaliena mantuvo su atención en el joven soldado. Los ojos
del chico la miraban distantes, con una frágil sonrisa dibujada en los labios
de los que brotaba un hilillo de sangre.
- ¡Éste primero, éste primero! -los urgentes gritos de los
sanadores y de los monjes se repetían por toda la muralla.
Kaliena posó una mano sobre la despejada frente del soldado,
que reaccionó volviéndose y dándose cuenta de su presencia. Su boca se abrió
para decir algo, pero una brusca convulsión lo invadió antes de soltar un espumajo
sangrante sobre su cota de mallas.
- No hables, no pasa nada -trató de tranquilizarle la mujer,
frotando con suavidad la frente del muchacho. El chico se quedó quieto y
Kaliena situó la mano abierta sobre la fría piel del herido. Al momento empezó
a entonar un monótono murmullo, pronunciando un rezo curativo. Los gritos se
sucedían. Los heridos se quejaban y pedían auxilio. Los soldados arrojaban sin
cesar los cuerpos de los orkos por encima de los muros. Otros apartaban a un
lado los compañeros, amigos y conocidos que habían caído durante la lucha,
amontonando sus cadáveres en uno de los márgenes del paseo. Kaliena no prestó
atención a todo el dolor que sucedía a su alrededor. Concentrándose en la
plegaria, continuó recitando los versos, hasta que su mano brilló con un fulgor
azulado. El soldado musitó algo incomprensible. La mujer le silenció posando un
dedo sobre sus labios y siguió con el proceso curativo. La luz de su mano
parecía propagarse hacia el muchacho e insuflar nueva vida en él. Unos momentos
después, los ojos del herido se cerraron, mientras su respiración se prolongaba
de forma suave y uniforme. A continuación, Kaliena se puso en pie y llamó a dos
soldados que había próximos para que transportaran al joven a la abadía. Los
hombres cargaron con el adormecido herido y se encaminaron hacia la empinada
calle que descendía de la muralla. Kaliena se apartó el sudor de la frente con
un rápido gesto mientras miraba en derredor. Había tanto por hacer.
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08 enero 2014
La caída de Teshaner (XXIII)
Con la llegada del atardecer, Josuak y Gorm abandonaron la
muralla, junto a decenas de soldados que descendían cansinamente por la rampa
que llevaba desde la muralla a las calles de la ciudad. Había sido una dura
jornada, combatiendo durante horas contra los interminables ejércitos de orkos.
Lo peor fue la mañana, cuando los combates resultaron más duros, aunque
después, por fortuna, el enemigo se limitó a lanzar pequeñas acometidas que
fueron repelidas por las defensas de la ciudad. Aún así, el número de muertos
era muy alto, igual que el de heridos, que eran transportados en literas o
simplemente en brazos hacia la abadía de Korth.
Gorm caminaba con su hacha apoyada en el hombro, su
musculoso salpicado de innumerables manchas de sangre, algunas propias de color
carmesí y muchas otras negras de sus enemigos. A pesar de las heridas y los
cortes, no demostraba signos de dolor o debilidad, regresando de la batalla con
un gesto de tranquilidad en sus acerados ojos grises.
Un vendaje manchado de sangre rodeaba la frente de Josuak.
El escudo había desaparecido, desechado en pleno combate después de
resquebrajarse por el ataque de una maza. Sus ojos miraban indiferentes la
riada de hombres que descendía por la avenida. Había decenas de heridos,
algunos con simples cortes y magulladuras, otros con miembros amputados. La
comitiva pasaba con lentitud entre las viejas casas, en cuyas ventanas multitud
de curiosos, niños y mujeres en su mayoría, observaban en silencio la macabra procesión.
- Tienes que ir a que te miren esa herida -le dijo Josuak a
Gorm, indicando el corte que cruzaba la parte baja de la espalda de su
compañero.
- No es nada -respondió éste.
- Ya lo sé, pero será mejor que alguno de los curanderos te
eche un vistazo. ¿Quién sabe la porquería que llevaba el arma del orko que te
hizo eso?
Gorm no replicó esta vez. Continuó caminando, sin prestar atención
a varios soldados que se habían detenido a un lado para coger fuerzas.
- Está bien -aceptó el gigante tras recorrer unos metros
más-. Iré a la abadía. -hizo una pausa para mirar a Josuak.- Aunque ya sabes
que no me gusta que esos viejos debiluchos me pongan las manos encima. Sus ungüentos
huelen a orín de caballo. Josuak no pudo más que esbozar una cansada sonrisa.
- Pues tendrás que apañártelas tú solo con ellos -dijo con
un leve tono de maldad-. Porque yo me voy a la posada a comer y dormir.
- ¿Cómo? -Gorm le cogió del brazo y le obligó a detenerse-.
¿Yo a la abadía y tú a comer y dormir? De eso nada, ya iré en otro momento a
que me curen. Josuak estaba demasiado cansado como para reírse del preocupado
gesto del gigante.
- Vamos a la posada -le dijo-. Ya le diremos a alguna de las
camareras que te vende ese corte mientras nos comemos una buena ración de
carne.
- Sí, eso está mejor -dijo Gorm borrando la inquietud de su
rostro.
- Eso, claro, si es que no hay racionamiento de la comida
-añadió Josuak un momento después.
- No, racionamiento no -se quejó Gorm, cerrando los ojos con
una nueva mueca de preocupación.
Ambos prosiguieron el descenso entre la multitud. Los
soldados, los campesinos, tantos y tantos hombres que habían sobrevivido a
aquel espantoso día, todos caminaban en ominoso silencio. Josuak no pudo evitar
un fugaz pensamiento acerca de aquellos que no habían sido tan afortunados. Pasaron
bajo uno de los arcos que cruzaban la avenida y se encontraron con varios
monjes que se abrían paso en dirección contraria, ascendiendo hacia la muralla.
Los dos mercenarios reconocieron al instante a Kaliena entre el pequeño grupo
de religiosos. La mujer levantó una mano en señal de saludo. Al cruzarse con
ellos se detuvo y les indicó a sus compañeros que continuaran caminando, que
les alcanzaría en breve.
- Gracias a Korth que estáis bien -les dijo, mirando
impresionada el aspecto que los dos guerreros presentaban. Su atención se
centró en Gorm, y en la infinidad de rastros de sangre reseca que cubrían su
poderoso torso. Los soldados y los heridos transitaban por el lado de los tres,
apenas reparando en ellos.
- Desde la muralla oeste hemos visto la lucha -siguió
Kaliena, los ojos castaños velados por una bruma de tristeza-. Ha debido ser
horrible. Parecía imposible que resistierais el ataque de las catapultas.
- Hemos tenido suerte -dijo Josuak-. Muchos otros que se han
quedado en la muralla no pueden decir lo mismo.
- Hemos aguantado -dijo Gorm, para al momento exclamar-. ¡Y
matado a muchos orkos!
Kaliena posó una mano sobre el ancho antebrazo del gigante azul.
- Me alegro -dijo, tratando de sonreír pero no logrando más
que un leve gesto-. Al menos los orkos se lo pensarán mejor antes de lanzarse
otra vez sobre la ciudad. Josuak estuvo a punto de decir algo, aunque en último
instante guardó silencio y se volvió a un lado para ver pasar a una camilla con
un hombre moribundo. Entonces sintió la mano de la mujer que se apoyaba en su
hombro.
- No podrán vencernos -le dijo ella, mirándole directamente
a los ojos-. Mientras haya guerreros como vosotros la ciudad no caerá ante esos
diablos. El mercenario no respondió.
- Lamento lo que dije el otro día -añadió ella sin apartar
sus bellos ojos de Josuak-. No tienes nada que demostrar, ya que tus acciones
hablan por ti mejor que tus propias palabras. Kaliena mantuvo un instante más
su mano sobre el hombro del mercenario, antes de apartarla con brusquedad-.
Tengo que irme -se despidió, dándose la vuelta-. Hay muchos heridos por atender
y no puedo perder más tiempo. -internándose entre los milicianos que caminaban
en sentido contrario, la mujer desapareció en dirección a la muralla.
Josuak y Gorm reemprendieron también el lento descenso por
la avenida. El aire era aún más frío al acercarse el anochecer y el cielo negro
amenazaba con otra nevada sobre la sitiada ciudad. Josuak, sintiendo un
escalofrío, echó en falta su gruesa capa de piel.
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03 enero 2014
Feliz navidad y feliz 2014
Nada, aprovecho esta felicitación tan chula que han hecho Jolan en el blog de Adalides para felicitar el año y ver que el anterior ha sido un año increíble en cuanto a librojuegos publicados en España. ¿Quién iba a pensar en 2006-2009, cuando sólo se publicaron los de Nosolorol, que ahora estaríamos así? Sin duda, somos pocos, pero aquí estamos.
02 enero 2014
Crónicas de Valsorth - Turno 47
TURNO 47 – Ocho de
marzo del año 340, Eras-Har.
Tras el
duro combate contra las arañas gigantes y la sorpresiva aparición del capitán
Dobann y sus caballeros, el grupo tan sólo tiene tiempo de intercambiar unas
palabras con el caballero de Stumlad, que les explica su historia:
Hace diez
días, por la noche, un ejèrcito de orkos dirigidos por elfos oscuros asaltó
Fuerte Terain, matando a mucho, y sólo unos pocos consiguieron huir al sur.
Perseguidos por una horda de orkos y elfos, se vieron obligados a entrar en el
Bosque de la Araña ,
donde fueron emboscados en un sendero. Sólo ellos tres escaparon al ataque y
huyeron al sur.
Sin tiempo
para más, el grupo de aventureros y los caballeros se dirigen por los senderos
al sur, recorriendo el camino de vuelta mientras sienten el apremio de ser
perseguidos. Al poco tiempo, una explosión retumba en el bosque, señal de que
alguien ha activado el glifo explosivo que Mirul había puesto en el claro del
gran olmo.
Con la
llegada de la tarde, una fuerte tormenta se desata en el bosque y los senderos
se convierten en un barrizal. Uno de los caballeros, herido en una pierna, no
puede seguir más y necesita hacer un descanso. El grupo se detiene en un claro,
donde Fian atiende la herida del caballero, mientras Orun y Olf montan guardia
a ambos lados.
Olf vigila
el sendero occidental, pero la lluvia y la vegetación impide ver más allá de
unos metros. De pronto siente un movimiento entre las ramas, y un leve
chasquido es seguido de una pua afilada que se clava en su cuello. El bárbaro
se dispone a dar la alarma, pero no puede moverse, paralizado por el veneno. Al
momento aparece descolgándose de los árboles una gran criatura de cuerpo de
serpiente y torso humanoide de cuatro brazos acabados en garras. Su rostro es
una máscara monstruosa, con leves rasgos de mujer. Se trata de una salamandra
de los bosques, que se mueve sigilosa para acabar con el bárbaro sin que sus
compañeros se percaten de ello. Por fortuna, Olf logra recuperarse de la
parálisis y responde con un grito y un golpe de su hacha, que apenas hiere a la
salamandra, que le provoca graves heridas con sus garras. El bárbaro, retrocede
al interior del claro, donde Irasal, la mercenaria elfa, reacciona con rapidez,
carga su arco y acierta con una flecha en pleno rostro de la salamandra, que
cae al suelo entre convulsiones, moribunda.
En ese
preciso instante, Orun alerta de que alguien se acerca por el otro sendero. Sin
tiempo para planear una estrategia, todos se ocultan entre la vegetación, justo
antes de que un grupo de tres elfos oscuros irrumpan por el sendero al mando de
veinte orkos. Su capitán es un elfo con el rostro cruzado por una cicatriz, que
observa el claro con desconfianza y dice algo en su idioma a los que le siguen.
Fian, temiendo que les van a descubrir, le pide a Mirul que utilice su magia.
La elfa entonces se mueve entre los árboles y recita su conjuro. El líder de
los elfos oscuros descubre a la mujer, y puede alertar a los suyos, justo antes
que un proyectil flamígero surja de sus manos y estalle en una gran explosión
de fuego en el centro del claro. Muchos orkos y elfos caen malheridos por el
fuego y esta situación la aprovechan para irrumpir en el claro y acabar con el
resto. A pesar de usar sus capacidades mágicas para envolver de oscuridad, el
grupo de aventureros junto a los caballeros acaban con todos los enemigos.
Una vez
finalizada la lucha, siguen huyendo hasta salir del bosque, donde toman los
caballos que habían dejado fuera y emprenden el camino de regreso a Eras-Har,
donde llegan ya bien entrada la noche.
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30 diciembre 2013
La caída de Teshaner (XXII)
Kaliena observaba el
desarrollo de la batalla desde un bastión de la muralla oriental. La mujer,
junto a otros tres monjes guerreros de su orden, estaba al mando de una
guarnición formada por una veintena de hombres y mujeres, civiles todos, y cuya
misión era proteger aquella sección. Por el momento, todos los ataques se
habían concentrado en la parte norte de la ciudad, de modo que lo único que podían
hacer por ayudar a sus compañeros era rezar.
Negras columnas de espeso
humo se elevaban en la pradera. El ejército orko lanzaba una tropa tras otra contra
las murallas, trepando por cuerdas y escalas, en número tan superior a los
defensores que estos no podían evitar que muchos alcanzasen la cima. Las
flechas surcaban el cielo, los cuerpos caían como pesados fardos desde las
almenas, los gritos de júbilo y furia se confundían con los estremecedores
alaridos de dolor.
Centenares de diminutas
figuras se batían a muerte en la atalaya, los orkos resaltando como negras manchas
entre los pálidos rostros de los soldados humanos. Kaliena contemplaba sin
aliento aquel dantesco espectáculo, sosteniendo con fuerza la vara y
lamentándose por no poder acudir en ayuda de los defensores.
Sin embargo, a pesar de
las infinitas unidades orkas, los muros resistían los embates, y cada ataque
era saldado con cuantiosas bajas para los invasores. Los arqueros enviaban a
decenas de orkos al infierno y los soldados expulsaban a los demás atacantes a
base de estocadas. Un rechinar atrajo la atención de la mujer.
Sus ojos castaños se
apartaron de la cruenta batalla y se dirigieron hacia los campos que rodeaban
la ciudad. Allí, sobre la nieve, una treintena de grandes carromatos se habían
situado en perfecta formación.
Nuevos chasquidos se
sucedieron mientras los orkos manipulaban aquellos aparatos que Kaliena no
podía reconocer.
La primera descarga fue
demoledora. Inmensos bloques de piedra trazaron una trayectoria parabólica y alcanzaron
la parte más alta de las murallas. Los proyectiles cayeron por todas partes,
destrozando los muros, abriendo profundos socavones en la vía y aplastando a
decenas de soldados. Josuak vio cómo un pedrusco del tamaño de una rueda de
carro sepultaba a dos hombres, salpicando de sangre la almena. Otro proyectil
impactó en el muro, desintegrando la piedra en una lluvia de virutas y polvo.
Un soldado saltó evitando otra roca, pero salió despedido y cayó de espaldas al
suelo, quedando indefenso ante las cimitarras de los orkos. Un pedrusco
atravesó el torreón, pulverizando sus paredes y matando a los tres arqueros que
había en su interior. Josuak buscó a Gorm en medio de la desesperada. Los
orkos, aprovechando la cobertura de las catapultas, habían invadido el bastión
y masacraban a los confusos soldados. Las cuerdas colgaban por todas partes y
más de aquellas criaturas trepaban la muralla con las cimitarras atenazadas en las
mandíbulas. Un soldado fue acuchillado por tres enemigos, un arquero disparó
una flecha casi a ciegas un momento antes de ser atravesado por una lanza.
Josuak escuchó un colérico rugido que le era familiar y dirigió su atención
hacia el lugar donde se agolpaban los luchadores.
En pleno fragor del
combate encontró a Gorm, blandiendo su hacha en círculo a la vez que bramaba
con furia animal. El filo del arma decapitó a un orko. Por desgracia, una
decena de aquellos seres rodeaba al gigante. Josuak, lanzando también un grito
de rabia, se abrió camino a espadazos entre el mar de enemigos.
Gorm abrió en canal a un
orko y se volvió para evitar un ataque traicionero. Josuak saltó sobre el borde
de la muralla y corrió por encima de las almenas, cortando numerosas cuerdas en
su camino hasta el lugar donde el gigante destripaba a otro rival.
Las catapultas lanzaron
una nueva lluvia de piedras sobre la muralla. Un proyectil aplastó a varios
hombres y orkos. Otro destrozó una parte del muro y arrojó los cascotes sobre
los asaltantes que trepaban por él.
Josuak saltó de la almena
justo en el momento en que uno de los pedruscos la convertía en polvo. El mercenario
cayó sobre un orko, hundiéndole la espada entre los omoplatos. Gorm recibió una
herida en el brazo. Inmune al dolor, replicó con un golpe de hacha que arrojó
al agresor por encima del muro. Otra piedra estalló en el centro del paseo,
reventando a más hombres y abriendo una telaraña de grietas en el suelo. Josuak
alzó instintivamente su escudo para detener una cimitarra. Un orko rasgo la
espalda de Gorm, abriendo una profusa herida en la azulada piel del gigante,
que se desembarazó de su atacante lanzándolo contra el suelo para aplastarlo a
continuación con su hacha. Un silbido cruzó el cielo y un bloque de piedra destrozó
otra parte de la muralla. Una flecha se hundió en el rostro de un atacante. La
batalla continuaba sin ningún orden; las tropas defensoras superadas en todos
los sentidos y sin tener tiempo para reorganizarse y plantar cara a los
invasores.
La lluvia de pedruscos
cesó mientras las catapultas eran recargadas. Josuak, tras matar un nuevo
enemigo, consiguió llegar junto a Gorm.
- ¡No podemos seguir
aquí! -le gritó a la vez que destripaba de un tajo a uno de los orkos que
acosaban al gigante. Gorm, por su parte, balanceó su enorme hacha y cortó las
piernas de otro atacante.
- ¡Las catapultas
acabarán con nosotros! -siguió gritando Josuak-. ¡Hemos de retirarnos!
El gigante rugió otra vez
y aplastó uno de los perrunos cráneos de un poderoso mandoble. Sin prestar atención
a su amigo, se dio la vuelta y se dispuso a enfrentarse a la nueva hornada de
enemigos que acababa de alcanzar la cima de la muralla.
En ese instante, las
catapultas fueron accionadas de nuevo y por tercera vez el cielo se llenó de
enormes pedruscos. Otra sección del muro se convirtió en ruinas ante los
terribles impactos. Nuevas cuerdas volaron y los garfios encontraron asideros
en las piedras y los cuerpos caídos. Gorm cargó con su hacha, empujando a tres
orkos fuera del muro y haciendo frente a los cinco restantes. Josuak maldijo
entre dientes y saltó por encima de varios cadáveres para ir en ayuda de su
amigo de piel azul. Una piedra cayó unos metros más allá y fulminó a dos
soldados, convirtiendo sus cuerpos en una pulpa de carne, sangre y huesos
rotos. Gorm y Josuak lucharon espalda contra espalda. La cruenta batalla prosiguió,
cayendo hombres y orkos por igual, pero, mientras que los primeros eran cada
vez menos numerosos, los segundos parecían no tener fin.
Un gran orko de poderosa
musculatura evitó el ataque de Josuak y le alcanzó de refilón con un tajo de su
cimitarra. El mercenario sintió un doloroso relámpago en su frente.
Reponiéndose al instante, logró detener el siguiente golpe y estampó el escudo
en el cuello del orko, que boqueó sin aire y cayó de rodillas. Josuak prosiguió
con un rápido tajo descendente y decapitó limpiamente a la inmunda criatura.
Sin tiempo para
reponerse, se pasó una rápida mano por la frente y se enjugó la sangre. Un
instante después ya se enfrentaba con otro de aquellos monstruos. Su brazo
empezaba a cansarse y sus movimientos eran cada vez más lentos y torpes. El
ágil mercenario amputó la garruda mano izquierda de su adversario y se volvió
para encarar a otro más. La situación era desesperada; no aguantarían mucho
más.
Las catapultas lanzaron
la siguiente andanada de piedras. Los proyectiles cayeron sobre la muralla como
inmisericordes castigos divinos, aplastando hombres y resquebrajando aún más
las debilitadas defensas.
Gorm luchaba convertido
en una bestia furiosa. Josuak, exhausto, cortó una de las cuerdas que colgaban
de la muralla y se preparó para recibir a un nuevo rival.
De pronto, el poderoso
sonido de un cuerno resonó por encima del fragor del combate. Humanos y orkos detuvieron
la lucha durante un instante mientras los ecos de la llamada retumbaban en el
paseo.
- ¡Adelante, por Stumlad!
-se escuchó un grito.
Josuak se volvió hacia la
empinada avenida que llevaba a la muralla desde el interior de la ciudad. El mercenario
a punto estuvo de perder la cabeza cuando el orko con el que luchaba aprovechó
su despiste para atacar. Hombre y monstruo rodaron por el suelo, forcejeando.
Josuak sintió una garra arañar su brazo.
Liberándose de la presa,
pudo abrir el cuello del orko con su espada. De una patada se quitó al cadáver
de encima y se incorporó justo en el momento en que un nuevo canto del cuerno
se imponía sobre el tumulto de la batalla.
- ¡Sin piedad, no dejéis
ni uno con vida! -ordenó una poderosa voz.
Abriéndose paso por el
acceso a la muralla surgió una decena de caballeros, vestidos en brillante
armadura y montados sobre impresionantes corceles. A la cabeza del grupo,
cabalgando con increíble seguridad a pesar de lo resbaladizo del piso, iba
Pendrais, con la espada alzada y pronunciando una nueva orden con voz profunda
y segura. Los cascos de los animales aplastaron a varios de los sorprendidos
orkos mientras las
espadas acababan con que
intentaban huir.
Tras los caballeros,
aprovechando la vía abierta por estos, un batallón de arqueros corría pendiente
arriba y se apresuraron a tomar posiciones en la muralla. Tensaron sus cuerdas
y, a la señal de su capitán, lanzaron una densa lluvia de saetas sobre las
catapultas. Muchos de los orkos encargados de manejarlas cayeron muertos sin
poder activarlas de nuevo. Los arqueros enviaron una nueva ráfaga que acabó con
todos los
orkos que había junto a
los malditos ingenios de guerra.
Josuak, agotado,
respiraba aceleradamente sin poder hacer más que observar a su alrededor. La
muralla, hasta hace unos momentos un lugar de caos y pesadilla, permanecía en
una paz casi irreal. Incontables cuerpos yacían desparramados por el suelo,
inmóviles y con los rostros contraídos en horribles muecas. Los grandes
pedruscos que habían destrozado la cumbre del bastión ocupaban buena parte del
paseo, sepultando los cuerpos de innumerables soldados. Los supervivientes se
movían de un lado a otro, encargándose de ayudar a los compañeros heridos a la
vez que daban muerte a los del ejército invasor.
Entretanto, los arqueros
prendieron sus flechas en fuego y dispararon sobre las catapultas. Como si de brillantes
estrellas fugaces se tratase, los proyectiles cruzaron el encapotado cielo e
impactaron sobre la madera, haciéndola arder y convirtiendo los pesados carros
de combate en grandes piras de fuego. La batalla había concluido, por el
momento.
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Teshaner
27 diciembre 2013
Reflexiones 2013
Un año acaba y como
siempre me siento este día de fiesta, con algo de resaca de los excesos de
añoche, a plasmar en esta entrada mis pensamientos sobre el año que dejamos
atrás.
Para mí 2013 es el año en
que la saga de librojuegos de Leyenda Élfica ha llegado a su conclusión, con la
publicación de los libros 3 y 4. La historia que lo empezó todo veía así su
final, en una edición que creo ha quedado muy digna y que permiten ver en
conjunto toda la historia del príncipe Araanel, su compañera Miriel, Pendrais y
demás personajes. La recepción de los librojuegos ha sido buena, con varias
reseñas que constatan que la saga ha ido ganando en calidad e intensidad con
cada volumen. Para mí, ha sido todo un placer ver los cuatro libros juntos, y
que los seguidores pudieran completar la historia.
La publicación de estos
libros ha coincidido con el resurgir de los librojuegos en nuestro país, con la
salida de otros libros de diferentes autores y editoriales, como La feria
tenebrosa, Héroes del acero, o los importados Destiny Quest. La verdad es que
es una gozada ver que los librojuegos no están muertos y que siguen siendo un
medio tan válido como cualquier otro para contar historias.
Respecto al juego de rol
de El Reino de la Sombra, la verdad es que ha habido dos aportaciones
importantes durante este año. Por un lado, la publicación del Libro Básico en
tapa dura ha sido una apuesta de Nosolorol por el juego, corrigiendo el mayor
error que tuvo la primera edición, como fueron unas tapas algo endebles, y dándole
robustez al libro. Además, ha sido una oportunidad para que nuevos lectores
conocieran el juego y se hicieran con él, comprándolo en cualquier tienda
especializada.
El segundo punto
importante del año ha sido la publicación del suplemento de Defensores de
Korth, el tercero de la serie, y que sirve para dar continuidad a la línea.
Por supuesto, muchos hubiésemos
querido que el Libro Avanzado hubiese salido en este 2013 que ahora acaba, pero
el trabajo que está dedicando Nosolorol ha revisarlo requiere de tiempo, y al
final es mejor tener un manual bien trabajado que no sacar un producto
mejorable por ir con prisas.
El tercer punto que
querría destacar es el movimiento que se ha ido produciendo este año de
reconocimiento de El Reino de la Sombra, y que tengo la sensación que se ha
acentuado en los últimos meses. Me refiero a reseñas en blogs, comentarios, etc
que han ido saliendo en internet, en que aficionados comentaban los puntos
fuertes del juego, y creo que hacían una revisión del juego mucho más a fondo
que simplemente decir que es otro clon de Dungeons and Dragons.
A este debate seguro que
ha contribuido también la salida en castellano del todopoderoso Pathfinder, al
que siempre me he referido en broma como la llegada del señor de la sombra...
Sin duda, Pathfinder es un juegazo y el volumen y ritmo de sus publicaciones
puede arrasar con todo. Para mí, el hecho de que haya habido gente que se haya
manifestado a favor de El Reino de la Sombra en vez de Pathfinder no puede sino
ser un gran orgullo, y que me da más fuerzas que nunca para seguir escribiendo.
¿Y qué nos depara el
futuro? Pues está claro que el objetivo para 2014 es publicar finalmente el
Libro Avanzado de El Reino de la Sombra, que está suponiendo un esfuerzo
titánico, tanto para JC, Pedro J, así como Xavi Tarrega que se está encargando
de ilustrarlo. Por mi parte, espero que el manual cumpla las espectativas y
amplie y mejore el juego. Ni se me ocurre hablar de fechas, pues eso depende de
Nosolorol y yo creo que aún quedan unos cuantos meses hasta que podamos tenerlo
en nuestras manos. Sólo espero que sepáis entender esta demora y que la espera
valga la pena al final.
A su vez, Nosolorol tiene
un producto en mente que relaciona los librojuegos de Leyenda Élfica y el juego
de El Reino de la Sombra. Esperaré a que sean ellos quienes comenten algo al
respecto, pero será una nueva aportación al mundo de Valsorth.
Respecto al Reino, este
año también se publicará la pantalla del Director de Juego, y quizás incluso
alguno de los suplementos que aguardan en cola, como el de los elfos salvajes o
el de los clanes bárbaros. Por mi parte, este año lo dedicaré a seguir
escribiendo el Libro Experto, y así dar más trabajo a Nosolorol cuando acaben
con el Libro Avanzado...
Como podéis ver,
proyectos en marcha no faltan, y es el ritmo de revisión y corrección de los
libros, así como la estrategia editorial de Nosorol, lo que marcan la
publicación de los libros. Muchos de vosotros habéis manifestado que se está
tardando demasiado tiempo en sacar el siguiente manual, o que corremos el
riesgo de que la línea muera si no nos damos prisa en publicar más material.
Desde aquí, sólo puedo esperar que compartáis conmigo la idea de que mejor
esperar y garantizar un producto de calidad, como ya hicimos con el Libro
Básico.
Nada más, sólo desearos a
todos unas felices fiestas y un feliz 2014. Aquí seguiremos en enero, en
nuestra lucha por salvar Valsorth y no doblegarnos ante la llegada de la
oscuridad. ¡Aquí seguimos!
PD: Para ilustrar estos
desvaríos, esta vez he escogido una foto que me hizo una persona hace unos
meses. Le dije que algún día lo usaría en mi blog y así ha sido.
25 diciembre 2013
Campaña de El Reino de la Sombra en La Puerta Negra.
Simplemente hacer una nota de la campaña que están llevando a cabo la gente del blog de La Puerta Negra, en su regreso a Valsorth y a El Reino de la Sombra, después de aquellos míticos podcasts (el sacrificio del gigante azul fue épico). Podéis seguir sus aventuras gracias a la narración de las mismas que están haciendo en su blog.
Desde aquí, muchas gracias, y mucha suerte en Teshaner!
Descenso a Gradzvayr II
23 diciembre 2013
La caída de Teshaner (XXI)
La primera acometida se
produjo contra la puerta norte. Josuak, Gorm y el resto de la guarnición contemplaron
desde las almenas cómo las tropas orkas cargaron contra los muros. Los arqueros
recibieron a los atacantes con una lluvia de flechas. Muchos orkos cayeron
heridos o muertos, pero el resto prosiguió su alocado avance hasta alcanzar la
base de la muralla. Las saetas siguieron cruzando el cielo y provocando más
bajas. Los orkos se agolparon contra los muros en busca de protección. Otros
dispararon sus arcos contra las almenas, aunque sus flechas quedaban cortas y
se quebraban contra la piedra muchos metros por debajo de las posiciones de los
milicianos, quienes seguían repartiendo muerte desde su aventajada posición.
A pesar de que los orkos
caían a decenas, más y más enemigos cruzaban las chabolas de los alrededores de
la ciudad, guareciéndose en ellas para alcanzar las murallas. Escalas de cuerda
volaron sobre los muros. Más silbidos de flechas, más gritos de muerte; el caos
se desató en aquella sección de la muralla. Los arqueros no pudieron evitar que
los orkos más rápidos treparan hasta la cima. La lucha se recrudeció entonces.
Los milicianos se batieron a espadazos, expulsando a los invasores, pero sin
poder evitar que varios de los suyos cayeran al vacío junto a los orkos.
Josuak contempló a los
defensores resistir el asalto y hacer retroceder a los orkos. A su lado, los
hombres de la guarnición prorrumpieron en gritos de júbilo y alegría. Los
ánimos renacieron entre el destacamento de soldados y campesinos, confiando en
que quizás las altas murallas podrían detener a la negra marea que se les venía
encima.
Entonces, cortando los
cantos de alegría, tres escuadrones de soldados orkos arrancaron desde la retaguardia
y se dirigieron hacia la sección que ellos defendían.
- ¡Ya vienen! -alertó
innecesariamente uno de los vigías.
Los orkos se internaron a
la carrera entre el laberinto de casuchas, prendiéndolas en llamas. La humareda
se elevó en el cielo justo en el momento en que los arcos de los soldados
empezaron a chascar. Las flechas cruzaron el grisáceo amanecer y muchos de los
bramidos de los atacantes se quebraron en breves alaridos de dolor. Los orkos
recibieron la fatal lluvia arremolinándose en la base de la muralla, desde
donde empezaron a lanzar cuerdas hacia lo alto. Los garfios aparecieron por
todas partes, aferrándose a cualquier saliente que encontraran. Los soldados
recorrían el baluarte cortando cuerdas y lanzando a muchos orkos hacia una
muerte segura. Sin embargo, las cuerdas seguían cayendo sobre la muralla.
Josuak se apresuraba en
cortar todos los cabos que encontraba a su alrededor. Los arqueros disparaban
una y otra vez en un intento de detener a los trepadores que ya se encontraban
cerca de las almenas. Gorm arrancó con la mano uno de los garfios y dejó que la
cuerda se escurriera como una veloz serpiente hacia el abismo. El gigante se
giró para ver aparecer a los primeros enemigos que alcanzaron la cumbre,
portando las cimitarras entre los dientes y con los ojos rojizos refulgiendo
con salvajismo.
Gorm se apresuró en
hacerles frente. Describiendo un amplio tajo con su hacha, alcanzó en el pecho
a uno, arrojando con el impulso a otros dos fuera de la muralla. Josuak se
situó al lado del gigante y de una estocada envió a otro orko hacia las piedras
de abajo.
La batalla estalló en la
muralla. Los milicianos aferraron las espadas y se enzarzaron en una lucha
cuerpo a cuerpo con los atacantes. Un soldado fue arrojado por el borde, un
orko graznó de dolor con una profunda herida en el cuello, las flechas silbaron
por encima de los combatientes. Gorm rugió con furia y, de un hachazo, abrió en
canal la cabeza de un enemigo. Josuak detuvo con su escudo una cimitarra y
lanzó una estocada a las piernas de su rival. El orko se desplomó entre
lloriqueos, ocasión que aprovechó el mercenario para acabar con él.
Seguidamente, cortó dos nuevas cuerdas que habían aterrizado en la muralla. Una
vez hecho esto, se acercó al borde para expulsar a dos atacantes. Pateó a uno
por la espalda y amputó la mano del otro de un tajo. El orko chilló de dolor y
perdió el equilibrio, siguiendo a su compañero en la caída. Josuak pudo
entonces mirar por encima de las almenas y ver cómo se desarrollaba la batalla
en el exterior.
Las hordas de orkos
atacaban ya toda la muralla norte. El fuego arrasaba los alrededores de la
ciudad y la humareda se alzaba en fluctuantes columnas negras. El grueso del
combate se desarrollaba en las inmediaciones de la gran puerta, cuyos
rastrillos de acero permanecían bajados e impedían el paso. Los soldados de la
milicia repelían una tras otra las oleadas de asaltantes, enviando cientos de
cadáveres de vuelta a las afueras de la ciudad. Josuak descubrió entonces un
movimiento en las filas de los ejércitos orkos que aguardaban en los
alrededores: Varios escuadrones se dispersaron hacia diferentes puntos de la muralla,
tirando con cuerdas de unos artilugios que la distancia impedía precisar.
Nuevos enemigos surgieron
ante Josuak en ese momento. El mercenario mató de un sorpresiva estocada al primero
y con el escudo evitó el ataque del segundo. Retrocediendo varios pasos, logró
contraatacar y hundir su espada en el estómago del orko. Gorm apareció entonces
y agarró por la espalda al tercero, levantándolo con sus poderosos brazos y
arrojando al aterrado orko al vacío. El cuerpo rebotó duramente contra la
piedra, arrastrando a varios escaladores con él.
- Tenemos problemas -le
gritó Josuak al gigante, recuperando su posición en las almenas y señalando a
los lejanos grupos de orkos que proseguían su lenta aproximación-. Mira aquello
-añadió como única explicación.
La distancia era menor
ahora, de modo que pudieron distinguir los grandes aparatos que los orkos arrastraban
con cuerdas. Eran pesados carros de madera, de grandes ruedas y del tamaño de
una vivienda.
En su centro, en un
complejo entramado de cuerdas, reposaba un alargado brazo acabado en una cesta
de metal.
- Catapultas -anunció
Josuak.
Gorm no contestó. Tras
sacudir la cabeza para olvidarse de las catapultas, se lanzó sobre los orkos
que coronaban la cumbre de la muralla. Josuak, tras echar un último vistazo
abajo, se adentró en la caótica batalla. Un orko apuñaló por la espalda a un
desprevenido soldado. Josuak se deslizó a su lado y vengó al caído de un
espadazo, esquivando a continuación el ataque de otro enemigo. Tras darle
muerte, prosiguió avanzando entre los luchadores, distinguiendo brevemente a
Hilnek. El mando y varios soldados protegían el torreón de un numeroso grupo de
orkos. Uno de los defensores recibió una estocada en el estómago. El orko no
pudo disfrutar de su victoria, ya que otro soldado le atravesó con su espada.
Josuak apareció a la espalda de uno de los monstruos y, agarrándole el cuello
con el brazo del escudo, le abrió la garganta en un sangrante corte. Dándose la
vuelta, describió otro tajo y acabó con el último de los enemigos.
- ¡Hilnek, se acercan
catapultas! -gritó Josuak al veterano soldado, que yacía encorvado hacia
delante mientras recuperaba el aliento. Éste levantó los ojos y le miró
sorprendido.
- ¡Catapultas! -repitió
Josuak señalando con la mano hacia el exterior-. ¡Los orkos traen catapultas!
Hilnek miró hacia donde
indicaba el mercenario y su semblante quedó lívido. Los otros soldados
reconocieron también la poderosa maquinaria de guerra y un velo de desesperanza
cubrió sus miradas.
- ¡No puede ser! -negó
Hilnek asomándose a la almena, obviando la lucha que seguía desarrollándose a
su alrededor-. ¡No puede ser, esos salvajes no saben construir catapultas!
-gritó sin poder creer lo que estaba viendo.
Josuak no se molestó en
responder. Los escuadrones orkos se habían alienado ya a un centenar de pasos
de la muralla y se apresuraban en preparar las catapultas para lanzar la
primera andanada.
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Teshaner
20 diciembre 2013
Reseña de la saga de Leyenda Élfica
Pues en el blog de Zona zero, han ido colgando estos meses reseñas de todos los librojuegos de Leyenda Élfica. Podéis leerlas en los siguientes enlaces:
El bosque en llamas
El emisario
La abadía de la traición
Aliados y enemigos
Desde aquí, tan sólo agradecer al autor que haya escrito estas críticas sobre los libros. Además, y respondiendo a su última petición, ¿quién sabe si en el futuro volveremos a Valsorth en otro librojuego?
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Leyenda élfica,
Reseñas
16 diciembre 2013
La caída de Teshaner (XX)
Josuak descansaba sentado
en la piedra del suelo, la espalda apoyada sobre la almena. A pesar de que el
amanecer estaba próximo, la oscuridad era total en la muralla, siendo las
antorchas que pendían de los muros la única fuente de luz. La nieve había cesado
de caer durante la noche y en aquella primera hora del día ya había sido
barrida por el ir y venir de los soldados. El clima era tan desapacible que el
frío llegaba a lo más profundo, helando hasta el ánimo de los hombres, que
aguardaban en la atalaya en silencio y observaban con preocupación el manto de
negrura que se extendía ante ellos. Josuak se frotó el rostro tratando
inútilmente de calentarlo y cubrió su boca con las manos para suavizar el congelado
aire que respiraba. Un nuevo escalofrío le sacudió el cuerpo cuando una ráfaga
de viento glacial barrió el alto de la muralla. El mercenario vestía su usual
cota de mallas, pero se había desprovisto de la capa verde, sabiendo que más
adelante resultaría un estorbo. Se había recogido también el pelo por una tira de
cuero, dejando despejada la frente bajo la que resaltaban sus castaños iris.
Tras murmurar una maldición por el frío, desvió la mirada a su derecha. Inmune
gélido viento, Gorm escrutaba el oscuro amanecer con rostro impasible. El
gigante reposaba los brazos sobre la empuñadura de su enorme hacha, observando
con indiferencia la planicie donde las hordas de orkos preparaban el primer
ataque contra la ciudad. Josuak sacudió las manos sobre las pantorrillas y
agarró la espada que yacía a su izquierda. Cerrando los dedos sobre la
empuñadura, alzó el arma y contempló ensimismado la hoja, recién afilada por
uno de los herreros que atendían a la guarnición. Observó la espada durante
unos momentos, para después ponerse en pie y guardarla en la funda de su
cintura.
- ¿Qué pasa ahí fuera?
-le preguntó a Gorm, apoyándose sobre la parapeto y examinando también el exterior
de la ciudad.
- Ya queda poco
-respondió escuetamente el gigante.
Josuak no dijo nada y se
dio la vuelta hacia el centenar de hombres que formaban la guarnición encargada
de defender aquel tramo de muralla. En su mayoría se trataba de campesinos y
trabajadores, de fuerte constitución y acostumbrados a usar la azada, pero que
sostenían con manos inseguras las espadas que les habían entregado en los
cuarteles de la milicia. Ninguno de ellos sabría cómo reaccionar en una
batalla, por lo que en el grupo había una decena de soldados, mercenarios y
aventureros. Estos tendrían que llevar el peso de la lucha, ayudando e
instruyendo a los campesinos a la vez que trataban de mantenerse con vida.
Uno de los soldados, un
hombre ya mayor y de abultada barriga, había sido designado para dirigir
aquella guarnición. Su nombre era Hilnek, y a pesar de tratar de aparentar
serenidad, sus ojos delataban que estaba tan asustado como cualquiera de los
campesinos.
Josuak y Gorm fueron
destinados a esa guarnición durante la noche anterior. Nada más concluir la asamblea,
Haldik estuvo hablando con ellos y les ofreció la posibilidad de ocupar un
puesto en la muralla norte.
- Allí es donde habrá los
combates más duros -les explicó el soldado-. Las murallas son más accesibles en
ese punto y los orkos tratarán de aprovecharlo. Creemos que el ataque empezará
mañana mismo, o quizás incluso esta mismo noche.
- ¿Esta noche? -preguntó
Josuak, fatigado sólo de pensar en tener que luchar ese mismo día.
- Sí, las tropas de orkos
se están desplazando y no esperarán más. -Haldik saludó con la mano a otro
oficial de la milicia y siguió hablando-. Necesitamos a guerreros
experimentados en esa muralla. Yo mismo y los mejores hombres estaremos en los
diferentes bastiones. Si atacan de noche, la oscuridad volverá inservibles los
arcos y entonces será necesaria la fuerza de las espadas.
Por su parte, Kaliena y
los miembros de su orden habían decidido situarse en la muralla oriental, donde
dirigirían a la guarnición civil. La mujer se despidió de los dos mercenarios a
las puertas de la hacienda de los Lores.
- Buena suerte -les
deseó, sonriendo, aunque sin poder disimular la inquietud que delataba su
mirada.
- Tranquila, sería una
vergüenza caer en el primer día de lucha -dijo Josuak con sorna, devolviéndole
la sonrisa. La tensión entre los dos de aquella misma tarde había desaparecido,
quizás debido al desarrollo de la asamblea, o quizás porqué en una despedida
como aquella no era momento para demostrar rencor.
Josuak siguió hablando-:
Yo por lo menos espero aguantar hasta el quinto día, a partir de entonces si
muero ya no será tan bochornoso.
- Sí, mataremos a muchos
-añadió Gorm secamente.
Kaliena les dedicó una
agridulce mirada.
- Manteneros con vida
-les pidió antes de darse la vuelta y seguir a sus hermanos de regreso a la
abadía.
El frío viento arreció de
nuevo en la muralla. Los hombres en ella apostados se cubrieron el rostro para protegerse
del gélido elemento. Josuak murmuró otra maldición y su aliento se convirtió en
una bocanada de espeso vaho.
- A este paso no hará
falta que nos ataquen -se quejó-. Este frío será suficiente para matarnos a
todos.
- Puede ser. -Gorm no
quitaba los ojos de la explanada de abajo. La negrura seguía siendo
infranqueable, pero el gigante parecía poder ver al ejército orko a través de
ella.
En ese momento Hilnek, el
soldado al mando de la guarnición, se acercó a ellos y empezó a hablar de forma
atropellada:
- Nadie hará nada que yo
no ordene, no quiero ninguna estupidez, sólo cuando yo lo mande empezaremos a atacar
-les dijo, sin dejar de frotarse nerviosamente las manos y echando rápidas
miradas a uno y otro lado como si buscase algo-. Sois de los guerreros más
fuertes, pero hay varios arcos, por si los sabéis utilizar, pero nada de
disparar si yo no lo ordeno. ¿Me oís?, no hagáis nada hasta que yo dé la orden.
Gorm y Josuak no
respondieron. El gigante miraba divertido al asustado soldado e incluso llegó a
sonreír. Sin percatarse de ello, Hilnek se dio la vuelta y se precipitó hacia
otros tres mercenarios que charlaban unos metros más allá.
- Menudo soldadito nos ha
tocado -bufó Gorm, olvidándose del militar y concentrándose de nuevo en el exterior.
- Sí, ahora me siento más
seguro -bromeó Josuak.
Poco después, el amanecer
hizo su aparición. El sol, amortajado por las negras nubes, aclaró el cielo levemente,
lo justo para poder vislumbrar la planicie que se extendía a los pies de la
muralla. Josuak se encorvó sobre el muro, mirando afuera.
- Parece que no se
deciden a... -empezó a decir, pero las palabras murieron en su garganta. Sus
ojos se abrieron incrédulos al mirar hacia abajo y el corazón pareció detenerse
dentro de su pecho.
La nevada pradera
permanecía cubierta por la bruma matutina, aunque, a medida que la mortecina
luz fue apartando las sombras, empezaron a descubrirse negros enjambres de
achatadas figuras. Los guerreros invasores llevaban toscas armaduras y yelmos,
portando estandartes con la insignia de una garra que rasgaba un torreón de
piedra. Las roncas voces se podían oír incluso desde lo alto de las almenas,
gritos e insultos, mientras alzaban sus armas a modo de desafío. Había miles de
orkos, incontables, a pesar de que la niebla aún no permitía ver por completo
los alrededores.
Como si una maldición
hubiese caído sobre Teshaner, los soldados y los campesinos exhalaron con
desazón, el temor acaparando sus sentidos. En silencio, observaron las
interminables columnas de guerreros orkos, y tan sólo se escucharon algunas
voces que expresaban la desesperanza que reinaba en las almenas.
- ¡No puede ser!
- ¡Son muchos,
demasiados!
- ¡Estamos perdidos!
Josuak oyó lloriquear a
uno de los campesinos que tenía cerca. Como si de un niño se tratase, el hombre
miraba con ojos humedecidos el impresionante despliegue de abajo. En su mano
sujetaba una espada corta, pero sus dedos sostenían el arma sin fuerza, a punto
de dejar caer la empuñadura. Más allá, un hombre ya veterano se había quedado
paralizado, su rostro convertido en una máscara de terror. La mayoría de los milicianos
jamás habían entrado en combate, para muchos aquella era la primera batalla.
Sin duda, no era una buena contienda para estrenarse como guerreros.
Los ejércitos de abajo
continuaron su avance. Los tambores redoblaron como truenos que fuesen a romper
el negro cielo en pedazos. Los orkos unieron sus voces con nuevos gritos e
insultos, alzando las armas con cada exhalación. Ningún hombre osó responder a
la provocación. Ni una sola palabra se escuchó en los bastiones. Los soldados,
los mercenarios, los aventureros, los campesinos, todos permanecían en silencio
sin poder siquiera murmurar una plegaria a sus dioses.
Los tambores martillearon
con más fuerza, los gritos salvajes fueron en aumento, las cimitarras se
alzaron creando un mar de acero.
- Hora de luchar -dijo
Gorm, agarrando su hacha y sosteniéndola con ambas manos. Josuak asintió tácitamente
y desenvainó su espada.
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