24 febrero 2014

Crónicas de Valsorth - Turno 49

TURNO 49 – Once de marzo del año 340, Eras-Har.

Después de dedicar la tarde a realizar varias tareas, entre ellas aprovisionarse con ingredientes curativos, con los que Mirul elabora una poderosa pócima curativa basada en la planta Etalan, el grupo dedica la noche a descansar.

A la mañana parten junto a Erisal en dirección este, siguiendo río arriba el Durn, y adentrándose en las tierras abandonadas cercanas a las montañas. Durante seis días viajan sin imprevistos, hasta que una tarde, entre la niebla que cubre el nevado paisaje, Orun detecta alguien que se acerca.
Rápidamente, todos se ocultan a un lado entre los árboles, desde donde ven pasar a toda velocidad a un grupo de cuatro hiallus montados por orkos. Las criaturas no les descubren, y siguen su carrera hacia el oeste, mientras su líder les exhorta algo en orkan.
Una vez pasado el peligro, Erisal les explica que el orko gritaba “¡Más rápido! Tenemos que encontrar a ese hombre antes de que escape”.

Sin mayores contratiempos, el grupo corona una colina y tras dejar atrás un bosque de abetos de hoja negra, contemplan los restos de la antigua ciudad de Agna-Anor. Se trata de lo que siglos atrás debió ser una majestuosa urbe, de altos edificios de piedra gris, desmoronadas por el paso del tiempo y la guerra. Torres y cúpulas se alzan todavía sobre los restos de las casas, aunque sus piedras erosionadas les otorgan un aspecto fantasmal. El centro de la ciudad se encuentra anegado por las aguas del río Durn que baja desde las montañas, inundando las calles centrales y con un grupo de edificios sobresaliendo como una isla en medio de su cauce.
Ya está anocheciendo cuando se acercan a los restos de las desmoronadas murallas, momento en que se topan con cuatro caballeros que aparecen entre los edificios y les apuntan con arcos, dándoles el alto. Tras identificarse, los caballeros les dejan pasar y les guían al interior, hacia el campamento de los caballeros. Durante la marcha entre las calles derruidas, uno de los caballeros les explica el curso de la guerra.
- La situación es desesperada. Hemos luchado durante meses contra los orkos que ocupan la parte oriental de la ciudad, y los habíamos mantenido a raya sin demasiados problemas. Pero hace una semana cambió todo. El enemigo lanzó un ataque a gran escala, y al frente de las tropas iban una decena de titanes, criaturas altas como un edificio que arrasaban con todo a su paso. Decenas de compañeros murieron ese día, mientras que sólo conseguimos derribar a uno de ellos. Así, nos vimos obligados a retroceder y ahora sólo controlamos una cuarta parte de la ciudad.
El grupo llega a la plaza del mercado, que aún conserva los edificios donde estaban los puestos y tiendas. En la actualidad, estos edificios son el refugio de los caballeros de Stumlad, siendo casi veinte locales y tiendas donde se han instalado catres, armerías y almacenes. Al Nordeste de la plaza, en el gran torreón de piedra, tiene sus dependencias el capitán Caust, así como sus sargentos y los miembros de su guardia. Se trata de un edificio de cinco plantas de altura, que ha permanecido indemne al paso del tiempo. El Capitán ocupa la planta superior, y allí se dirige el grupo para entregar el mensaje del capitán Dobann de Eras-Har.
El capitán es un veterano guerrero enfundado en la pesada coraza de la orden de Stumlad. Tiene el cabello corto ya salpicado por las canas, y sus ojos azules han perdido el brillo de la juventud. Con gesto hastiado, lanza el pergamino al fuego de la chimenea y maldice.
- Necesitamos tropas y simplemente recibo una nota en que me plantean la posibilidad de abandonar la ciudad y regresar a Eras-Har. ¿Para eso hemos luchado tanto? –niega con la cabeza-. En fin, mañana tendré una respuesta, pues debo departir con mis sargentos. Hasta entonces, quedaros en el campamento y seguir las órdenes. Recordad que estamos en guerra.
Mientras, Olf habla con un clérigo que ofrece una misa a los caballeros en medio de la plaza y le pregunta sobre la tabla de rezos que han venido a buscar, y donde puede estar la antigua biblioteca. El clérigo no sabe nada al respecto, y dice que no ha visto ninguna biblioteca en las ruinas.
Fian reflexiona al respecto y considera que la biblioteca debe estar en algún lugar protegido, pues antiguamente los libros eran objetos aún más valiosos y se guardaban a salvo de los elementos y otros peligros.
Al ir a pasar la noche, el grupo decide repartirse y Mirul, Fian y Erisal van a la torre del campanario para ayudar en la vigilancia, mientras que Orun y Olf se quedan en el campamento. Las dos elfas y el paladín se apostan en lo alto de la torre y ayudan en las guardias.
Durante el turno de Mirul, la elfa le parece ver una torre que se mueve en las cercanías, alerta a sus compañeros y uno de los caballeros duda en dar la alarma. Al final, Mirul tira de la cuerda y la campana resuena en la noche, justo cuando un grupo de orkos surge entre las calles sale a la carrera hacia la torre. Al frente avanza una criatura enorme, de casi diez metros de altura y de amplia constitución, abultado estómago y fuertes brazos que blanden un tronco de árbol a modo de garrote. Tiene la cabeza calva y el rostro grotesco, adornado con aros de hierro y macabros pendientes, mientras viste con largas pieles y sus poderosas piernas pisotean con rabia haciendo temblar el terreno a medida que avanza.

La elfa reacciona conjurando uno de sus hechizos y un proyectil brillante cruza la noche, para impactar de pleno en el gigante y llenar la calle de llamas, matando a varios de los orkos. A pesar del fuego, el enemigo sigue avanzando bajo el ataque de las flechas, y alcanza la torre donde se enfrentan a los caballeros. El titán describe un tremendo golpe con su garrote que alcanza a Fian, aplastándolo y dejándolo moribundo. Después se vuelve y destroza a otro caballero de un golpe que lo lanza al vacío. Mirul aparta a Fian del combate y le aplica la pócima curativa que había creado, salvándole la vida. Justo en ese momento aparecen los refuerzos que llegan del campamento, con Olf y Orun al frente. El bárbaro carga contra el titán, cortándole los tendones de la pierna de un terrible hachazo. El gigante se desploma como un árbol talado y cae muerto entre los cascotes.

15 febrero 2014

Crónicas de Valsorth - Turno 48

TURNO 48 – Diez de marzo del año 340, Eras-Har.

A la mañana siguiente, después de una noche de descanso, el grupo se presenta primero en el fuerte de los Yelmos Negros, donde acompañan al Capitán Dobann y los caballeros supervivientes. La noticia de que la caída de fuerte Terain ha corrido como el fuego por la ciudad y cuando los aventureros cruzan las nevadas calles hacia el centro de la urbe muchas personas les preguntan por estos rumores. Algunos se lamentan, mientras que los más agoreros claman diciendo que esta es otra señal del mal que resurge en el norte.
Una vez en la fortaleza, el Capitán Orlant saluda a los recién llegados, intercambia varias impresiones con Dobann y deciden mantener una reunión privada, a la que invitan a los miembros del grupo que sobrevivieron.
- Sin duda no son buenas noticias –asiente Orlant al oír la marea de orkos que asoló el fuerte y exterminó a los caballeros-. Las fuerzas enemigas se multiplican a nuestro alrededor. Nosotros apenas conseguimos hacer frente a los ataques que asolan los campos. Luchamos sin descanso día tras día, pero vamos perdiendo terreno poco a poco.
- La presencia de algo terrible en el norte es una realidad –interviene Dobann-. No soy de esos que se creen las historias de viejas que cuentan algunos sobre el nigromante en el norte y demás, pero lo que he visto estos meses en las montañas no tiene otra explicación. Además… -hace una pausa antes de seguir, mira a quien les rodea y parece plantearse si hablar en voz alta-. Hay algo que sucedió en  nuestros últimos días en el norte y que no he explicado aún.
El capitán relata entonces la historia de una patrulla que envió a una exploración al norte de Terain. Pero fueron atacados y masacrados, y sólo uno regresó con vida. Moribundo, habló de que les había atacado un dragón.
- ¿Un dragón? –salta Orlant-. ¡Eso es imposible! Los dragones no son más que leyendas, historias para asustar a los niños.
- Sólo sé lo que dijo el caballero –continua Dobann-. Entre delirios, habló de un gigantesco dragón rojo que apareció en el cielo, mientras se dirigían a las minas de Numbar. Su fuego mató arrasó a la patrulla, y sólo él sobrevivió fingiendo estar muerto.
Yo tampoco creería esas historias, si no hubiese visto al caballero. Tenía todo el cuerpo quemado y lleno de ampollas. Aún me pregunto de donde sacó las fuerzas para recorrer el camino de regreso al fuerte y explicar lo sucedido.
- Estamos en una situación crítica –asiente Orlant-. Nuestras fuerzas se debilitan mientras el enemigo aumenta su poder… no podemos continuar así. Enviaré un emisario a Solak informando de lo sucedido, y pediré refuerzos. Mientras, lo que me preocupa es el destacamento que defiende las ruinas de Agna-Anor. El Capitán Caust lidera a los caballeros que resisten el ataque principal de los ejércitos orkos. Sin duda, debe saber lo que aquí está pasando.
- No podemos perder esa posición –advierte Dobann-. Pero está claro que debe saber que está en peligro, sobre todo si un dragón rojo surca los cielos del norte.
- Bien, entonces este será el plan –dice Orlant-. Enviaré un grupo a las ruinas para alertar a Caust, a la vez que puede ayudarle a mantener la defensa del río. Por otro lado, necesitamos alguien que vaya a la capital, Solak, e informe de lo sucedido, alguien con autoridad para hablar con el mismo Rey Edoar.
- Yo iré a Solak –afirma Dobann-. Explicaré la derrota de Terain y aceptará el castigo por mi fracaso. Si el Rey mantiene su confianza en mí, volveré para continuar la lucha, espero que al frente de un gran destacamento de caballeros.
- Bien, ahora necesitamos alguien que pueda llegar a Agna-Anor e informar a Caust –sigue Orlant y se vuelve hacia los aventureros-. En estas semanas que lleváis a mi cargo habéis demostrado ser dignos de confianza y llenos de recursos. Os pido ahora que crucéis el territorio hacia el este y vayáis a Agna-Anor para poneros al servicio de Capitán Caust. La exploradora Erisal será vuestra guía.

El grupo abandona el fuerte poco después del mediodía. Es entonces cuando se dirigen a la abadía de Sant Foint, para encontrarse con el Abad Auril y darle la Tabla de Rezos que encontraron en el bosque de la araña.
El religioso se muestra muy agradecido con ellos por haber completado el encargo, y les recompensa con 100 monedas de plata a cada uno.
- Sin duda, habéis demostrado ser dignos servidores de Korth –asiente el anciano.
Fian le explica que han recibido el encargo de ir a Agna-Anor, para alertar del peligro que se cierne desde el norte.
- Sin duda la oscuridad y la blasfemia se ciernen sobre nosotros –afirma Auril-. Pero quizás podáis ayudarnos también durante vuestro cometido en la ciudad en ruinas. Veréis, la recuperación de la Tabla de Rezos y el diario de Jocan me ha permitido estudiar sus grabados y descubrir que un mensaje se ocultaba entre sus runas. Sin embargo necesito el resto de las tablas para poder descifrar por completo el mensaje. Según el diario del Padre Jocan, la segunda de las tablas se encuentra en las ruinas de Agna-Anor, la antigua ciudad que hay al Este y donde nuestras tropas se enfrentan con las hordas de orkos que han invadido la región. Ya que os dirigís hacia allí, os pido que encontréis entre las ruinas la segunda de las Tablas de Rezo, antes de que los efectos de la guerra la destruyan. Por lo que he podido descifrar, la tabla puede estar en la antigua biblioteca que había en el centro de la ciudad.
Con esta información, el grupo se despide del religioso y sale de la abadía.


27 enero 2014

La caída de Teshaner (XXVI)

El encapuchado fue el primero en atacar, saltando hacia adelante mientras realizaba sendos cortes circulares con ambos puñales. Josuak agachó la cabeza para esquivar la primera estocada y rechazó la segunda interponiendo su espada. El encapuchado se revolvió con sorprendente velocidad y lanzó un nuevo ataque, dirigiendo su puñal derecho al pecho del mercenario. Éste evitó a duras penas la afilada punta y lanzó una patada baja a las desprotegidas piernas del hombre, alcanzándole en una rodilla y haciéndole caer de espaldas sobre el estrecho paso. Moviéndose con rapidez, Josuak situó la espada sobre su enemigo, apuntando directamente al rostro, que había quedado al descubierto al caer la capucha a un lado.
- Bien, hablemos ahora -dijo Josuak. La punta de su espada se posó suavemente sobre la garganta del fugitivo. Se trataba de un hombre joven, apenas un muchacho imberbe, de facciones lampiñas, pelo rubio sedoso y unos luminosos ojos verdes. No aparentaba tener más de dieciséis años, pero en su determinada mirada no se descubría signo de temor ante la delicada situación en que se hallaba.
- ¿Quién eres y qué relación tienes con la mujer de la que te he hablado? Ya sabes quien, la chica del pelo blanco que me desvalijó la otra noche.
El muchacho se negó a responder en un primer momento. Josuak posó el pie sobre el agitado pecho del caído y presionó el filo de su espada sobre el cuello del muchacho.
- Es la última advertencia -le amenazó con frialdad-. O me cuentas lo que quiero saber o empezaré a llenar de cortes esa bonita cara que tienes -añadió, a la vez que la punta de su espada abría un finísimo hilillo de sangre en la piel del chico.
- Soy un miembro de la Mano Silenciosa, la cofradía de ladrones -respondió éste con rapidez al sentir el frío contacto del acero. Sus ojos habían perdido la confianza y ahora relucían de temerosa ansiedad-. Somos un grupo de ladrones que nos ganamos la vida cómo mejor podemos. La chica de la que hablas debe ser Izana, una hermana de la cofradía. Ella se corresponde con esa descripción.
- Bien, bien, veo que vamos entendiéndonos -asintió Josuak sin aligerar la presión de su arma-. ¿Dónde está ella? ¿Dónde os ocultáis?
- Eso no puedo decírtelo -protestó el ladrón con un chillido-. Si lo hago, Tauds me matará por traicionarles.
- Si no lo haces, morirás ahora -repuso Josuak sin variar su duro tono de voz.
Los ojos del muchacho le miraron suplicantes. Los copos de nieve caían sobre su rostro y el viento agitaba su fina melena rubia. Al instante, su resistencia se quebró y continuó hablando en voz apenas audible bajo el sibilante viento.
- Nuestro refugio está en las alcantarillas, en los túneles abandonados del norte. Solemos usar la entrada que hay cerca de la plaza de...
En ese momento, un grito cortó la confesión del chico.
- ¡¿Eh, quién hay ahí arriba?! -inquirió un hombre desde la calle que discurría bajo el arco en que se hallaban el mercenario y el ladrón.
Josuak apartó la mirada de su presa y se volvió hacia la callejuela para descubrir a una patrulla de milicianos observándole desde la calzada. Eran cuatro hombres, armados con espadas y portando antorchas. Uno de ellos les señalaba directamente con el dedo.
- ¡Vosotros, bajad ahora mismo de ahí! -ordenó mientras los otros tres soldados desenfundaban sus aceros.
Aprovechando la distracción, el ladrón se escabulló entre las piernas de Josuak y le propinó una fuerte patada en el talón del pie derecho. Josuak perdió el equilibrio y cayó cuan largo era sobre el duro suelo de piedra. El ladrón se puso en pie de un salto y, sin demorarse un segundo, huyó hacia el tejado del edificio contiguo.
- ¡Quietos, quietos! -gritó el jefe de la patrulla.
Josuak no hizo caso de sus palabras y se levantó con rapidez. Maldiciendo la interrupción de aquellos soldados, se apresuró en pos del joven ladrón, quien saltaba ágilmente la separación entre dos tejados. Los guardias repitieron su orden, pero fugitivo y perseguidor ya habían desaparecido en el laberíntico entramado de tejados y callejuelas. Josuak cruzó varios edificios siguiendo la sombría figura del ladrón. Sin embargo, el mercenario dejó deliberadamente que la distancia que les separaba fuese en aumento. Ralentizó el paso, lo justo para no perder de vista a su objetivo y continuó la persecución desde una distancia prudencial. Tras superar un nuevo tejado, el ladrón bajó a la calle descolgándose por una viga de madera. Josuak se desvió a un lado y bajó del edificio por una fachada lateral, cayendo a un oscuro callejón cubierto de nieve y desperdicios.
Corrió hasta la esquina y espió con cuidado: el muchacho se alejaba por una nueva avenida, echando rápidas miradas a su espalda pero sin descubrirle. Josuak siguió los pasos del ladrón por varias travesías, hasta que el chico por fin redujo el paso y volvió a examinar la calle que había dejado atrás. Al no ver a nadie, se cubrió con la capucha de su capa azulada antes de continuar andando, confiado en haberse desembarazado de su perseguidor.
Josuak no se expuso a ser descubierto y siguió al muchacho. Después de descender una de las cuestas que llevaban a la muralla, su presa le llevó hasta una plaza circular. El ladrón se detuvo justo en su centro, al lado de una fuente de piedra adornada con las estatuas de dos querubines alados, y echó una mirada alrededor. Josuak permaneció parapetado tras la fachada del edificio y aguardó en tensión. En ese momento, el joven ladronzuelo se llevó una mano a los labios y emitió una leve llamada, un murmullo que recordaba al canto de una urraca. Por unos segundos, el encapuchado permaneció en pie sin moverse del centro de la plaza y pareció que nadie respondía a su llamada. Entonces, tres figuras surgieron de las sombras y de los callejones circundantes. Eran altas y alargadas, vestidas también con capas de tonos azulados que les cubrían hasta los pies y con las capuchas echadas sobre los rostros. Los cuatro ladrones se reunieron en el centro de la plaza, intercambiaron unas breves palabras y se apresuraron en dirección norte.
El mercenario los siguió por el laberíntico entramado de callejuelas hasta una plazoleta en cuya cara occidental se abría un oscuro y siniestro desagüe. Era un túnel de apenas metro y medio de diámetro, con el moho y la podredumbre adheridos a los adoquines de piedra. Una destartalada verja de barrotes oxidados cerraba la entrada. Josuak, agazapado tras una esquina, observó cómo los cuatro encapuchados abrían la verja y desaparecían en la oscuridad de las alcantarillas.

Tras aguardar un instante, Josuak cruzó la plaza para observar el agujero por el que habían entrado los fugitivos. El mercenario se dio por satisfecho con saber donde se ocultaban y, dándose la vuelta, decidió regresar a la posada. Ahora que conocía el cubil de la cofradía de ladrones, no tardaría en encontrarse de nuevo con la misteriosa ladrona de argenteo cabello. Entonces saldaría la deuda pendiente que tenía con ella.

20 enero 2014

La caída de Teshaner (XXV)

Con la llegada de la noche, Josuak consiguió que Gorm guardara reposo en su habitación. El gigante había protestado ante los cuidados de una de las posaderas, quejándose como un niño cuando le aplicaron los ungüentos curativos sobre las heridas que salpicaban su corpachón.
- ¡No son más que rasguños! -bramaba, insistiendo en que no necesitaba tantas atenciones. Josuak logrado convencer a su compañero para que dejase hacer a la muchacha. Una vez Gorm dejó de protestar, Josuak salió de la habitación y bajó al salón.
Pocos clientes se habían congregado aquella noche en la posada, no más que una decena de solitarios y taciturnos hombres que bebían ensimismados en sus propios pensamientos. El crepitar de la hoguera era el único sonido que se oía. Incluso las camareras permanecían calladas con gesto serio, sin rastro de la habitual alegría que iluminaba sus sonrisas.
Josuak ocupó una de las mesas y pidió algo de vino caliente. La muchacha le sirvió una humeante taza de barro y Josuak la abarcó con ambas manos para calentárselas. No le había dicho nada a Gorm, pero una idea revoloteaba en su mente desde hacía días. No podía dejar de pensar en la noche en que salió a dar un paseo por a muralla y fue asaltado por aquella ladrona encapuchada. Desde entonces, no había día en que un sentimiento de resquemor le abrasase el estómago al recordar el suceso. Aquella ladrona le había tomado el pelo como si fuese un vulgar palurdo de pueblo. Eso le enfurecía a Josuak. De una forma u otra, iba a encontrar a aquella bribona para recuperar el dinero que le había robado, y de paso restablecer su dignidad.
Dio un lento trago de vino y tomó una decisión. Sin avisar a nadie, recogió su capa, su espada, depositó una moneda sobra la mesa y abandonó la posada poco antes de que el tañido de las campanas sonara en la ciudad anunciando la medianoche. Una vez fuera, cerró la puerta y el cálido confort del salón fue reemplazado por el inclemente viento invernal. La noche era oscura, las estrellas eclipsadas por negros nubarrones que vertían una copiosa nevada sobre la ciudad. Josuak se arrebujó en su capa verde y echó la capucha para protegerse el rostro. Tras echar una mirada a un lado y otro de la desierta calle, emprendió un rápido paseo en dirección al barrio viejo de la ciudad.
Recorrió la larga avenida sin encontrarse más que unos pocos soldados que bajaban de las murallas tras terminar su turno de vigilancia. Josuak abandonó entonces la vía principal y se internó por los empinados callejones del barrio viejo. Caminó encorvado para protegerse del viento que soplaba en la estrecha calle, internándose entre los adornados arcos que formaban los viejos edificios. Los pocos fanales que pendían de los muros iluminaban tenuemente los pasos del mercenario, que caminaba decidido hacia el lugar donde la misteriosa ladrona le había asaltado pocos días antes.
Una vez alcanzó la empinada callejuela donde se había producido el asalto, el mercenario se arrimó a la fachada de una de las antiguas casas y se refugió en las sombras que se abrían bajo una balconada de piedra. Desde allí tenía un buen ángulo de visión de toda la calle y nadie que pasase por ella repararía en él.
Aguardó en su escondite durante lo que le pareció una eternidad. El viento silbaba alrededor y le golpeaba con fuertes ráfagas. La nieve se colaba bajo su capa, empapándole las ropas. Se arrimó aún más a la pared aunque poco podía hacer para protegerse de la fría noche. Por la calle apenas discurrieron algunos milicianos que volvían de las murallas y un par de hombres que regresaban con prisa a sus hogares. Josuak se frotó las enguantadas manos, tratando inútilmente de calentarlas, y volvió a examinar la calle, sin ver más movimiento que el danzante brillo de las antorchas. Se maldijo una y otra vez por estar allí pasando frío y perdiendo el tiempo en vez de descansando en la posada. Su tozudez le iba a costar una pulmonía y puede que eso lo pagase muy caro en la batalla del día siguiente. Pasaron largos minutos sin que nadie apareciera por la callejuela. Josuak renegó de nuevo y soltó un bufido. Ya estaba harto, aquello era una estupidez, sería mejor darse por vencido y olvidarse de aquella ladrona y de la bolsa de monedas de oro que le había robado.
Resignado, se apartó de la fría piedra del edificio y se dispuso a regresar a la posada. En ese preciso instante, una figura apareció en lo alto de la cuesta, surgiendo de una callejuela lateral. Josuak reaccionó instintivamente y regresó a la oscuridad que le ofrecía el balcón. Contuvo el aliento para que el cálido vaho de sus pulmones no delatara su posición y contempló cómo la figura, alta y de delgada constitución, se encaminaba a pasos ligeros a lo largo de la calle, evitando exponerse a los claros de luz que se abrían bajo los fanales. A pesar de la penumbra que reinaba en la calleja, Josuak pudo distinguir los ropajes que vestía el nocturno caminante. Los reconoció al momento; una liviana capa de tela azul con la capucha echada y ocultando el rostro. Eran las mismas ropas que llevaba la ladrona, aunque este misterioso personaje parecía algo más corpulento. Con tan poca luz era difícil apreciarlo.
El mercenario aguardó en su escondite mientras la encapuchada figura se deslizaba calle abajo, sin dejar de echar nerviosas miradas a su espalda para asegurarse de que nadie le seguía. Josuak se mantuvo en tensión, preparado para salir de improviso y atraparle antes de que el desconocido pudiese reaccionar. El misterioso personaje se detuvo tras dar unos pocos pasos más y se volvió de nuevo para investigar la callejuela que había dejado atrás. Josuak se dispuso a lanzarse sobre él, cuando un tenue brillo iluminó fortuitamente el rostro que se ocultaba bajo la capucha. No era una mujer, sus rasgos eran estilizados y lampiños, pero mostraban claramente que se trataba de un joven varón. Josuak refrenó su impulso y se guareció en la sombra, temeroso de que el extraño le hubiese descubierto.
El encapuchado dejó de investigar la callejuela y reemprendió su rápido caminar por la cuesta. Josuak dejó que la sombra azulada se alejara unos cuantos metros antes de abandonar el escondrijo y seguir sus pasos.
No se trataba de la ladrona que él conocía, pero los ropajes eran los mismos, de eso estaba seguro, y el hecho de pasearse por la misma zona a esas altas horas de la noche y vistiendo de igual manera le parecían demasiadas coincidencias. Seguiría al encapuchado para descubrir que relación tenía con la ladrona.
Josuak avanzó hasta la esquina que la azulada capa acababa de doblar. Se asomó con cuidado y descubrió al encapuchado internarse por un nuevo callejón que llevaba hacia el norte. Con sigilosos movimientos, el mercenario corrió sobre el manto de nieve en pos de su predecesor. Al asomarse a la esquina, vislumbró fugazmente el revoloteo de la capa justo antes de doblar un nuevo recodo y perderse por otro callejón. Josuak recorrió la calle y espió con precaución. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que el encapuchado había arrancado a correr, pudiendo apenas verle desaparecer tras una nueva esquina. Josuak maldijo en un murmullo antes de salir corriendo tras su presa. De alguna manera, el extraño se había percatado de que le seguía y había decidido dejarle atrás. El mercenario cruzó la calle a máxima velocidad, sin importarle ya que sus pasos resonasen en la silenciosa noche, preocupado tan sólo por no perder de vista al hombre de la capa azul. Tras girar el recodo resbalando en la fina nieve, siguió corriendo por la nueva callejuela, sin ver a nadie en ella, por lo que temió haber perdido el rastro de su presa. Entonces descubrió una figura que trepaba ágilmente por encima de una de las verjas que se abrían a un lado del callejón. El extraño salvó el obstáculo antes de perderse al otro lado. Josuak corrió raudo y saltó para encaramarse sobre las rejas, cuidando de no herirse con las afiladas puntas que la coronaban. Al caer al otro lado, reemprendiendo la persecución del encapuchado, que huía a la carrera. Josuak sonrió satisfecho al comprobar que la distancia con su presa se había reducido. A ese ritmo no tardaría en darle alcance.
El fugitivo se desvió nuevamente a un margen de la calle y trepó a un voluminoso montón de heno que había apilado a un lado. Desde allí saltó para encaramarse al tejado de la casa. Una vez en lo alto del edificio, echó una fugaz mirada abajo. Josuak, sintiendo la mirada del encapuchado sobre él, imitó sus movimientos y salto sobre el montón de heno. El mercenario se aferró con sus enguantas manos al helado borde y trepó al tejado para descubrir que el encapuchado corría hacia el otro lado.
La persecución prosiguió por encima de los tejados. El hombre de la capa azul corría con asombrosa velocidad sobre el resbaladizo piso, saltando ágilmente de un edificio a otro. Josuak tuvo que emplearse a fondo para no quedar atrás. Recorrió a largas zancadas el tejado de la primera casa y se lanzó al vacío por encima de uno de los estrechos callejones, aterrizando con una voltereta al otro lado. Incorporándose con rapidez, cruzó el tejado, desde donde saltó hasta el siguiente edificio. Voló en la oscuridad de la noche y cayó con ambos pies para continuar su carrera, vislumbrando brevemente al encapuchado, que atravesaba en ese instante uno de los arcos que cruzaban la calle. Tras superar el puente, el misterioso hombre se detuvo para echar un rápido vistazo atrás y comprobar que su perseguidor había reducido considerablemente la distancia que les separaba. Entonces, sus manos se ocultaron bajo sus ropajes para reaparecer sujetando un par de alargados puñales. Asiendo uno en cada mano, se situó sobre el abombado arco de piedra y adoptó una posición de guardia.
Josuak detuvo su carrera nada más pisar el arco en cuyo extremo opuesto le esperaba el fugitivo. Con un gesto, el mercenario echó atrás la capucha, dejando al descubierto sus rasgos y clavando una dura mirada sobre su oponente. Durante un instante, ambos contendientes se observaron en silencio, mientras el viento hacía revolotear sus capas.
- No es a ti a quien busco. -Josuak habló con voz pausada-. Mi objetivo es una mujer, una chica de pelo largo y claro, que viste una capa muy similar a esa que llevas -dijo mientras avanzaba lentamente hasta alcanzar el centro del arco de piedra-. Ella y yo tenemos un asunto pendiente y estoy seguro de que tú podrías decirme dónde encontrarla.
Como toda respuesta, el encapuchado dio un paso al frente, alzó ambas manos y cruzó los puñales ante la sombra que era su rostro. El filo de las armas relució plateado en la oscuridad de la noche en silencioso desafío.
- Entonces será por las malas -dijo Josuak y, con un rápido movimiento, desenvainó su espada.


16 enero 2014

Más Libro Avanzado

Pues aquí tenéis algunas ilustraciones más del Libro Avanzado. Además, y tal y como ha comentado Nosolorol en las redes sociales, se confirma que el libro saldrá en el segundo semestre del año. Ya queda menos.




13 enero 2014

La caída de Teshaner (XIV)

Kaliena y los monjes de la orden de Korth recorrieron a toda prisa la abrupta callejuela, abriéndose paso entre la riada de fatigados soldados que bajaba por ella. Una vez alcanzaron el alto de la muralla, la mujer tuvo que reprimir un grito de horror al contemplar el aspecto que presentaba el bastión. La amplia vía era un lugar arrasado: los muros de piedra habían sido destrozados, convertida su parte superior en un amasijo de escombros y cascotes. El regular perfil de las almenas aparecía ahora mellado, plagado de grietas y socavones. La calzada se hallaba cubierta por una masa informe de cadáveres entrelazados. Los soldados caídos se adivinaban entre los montones de orkos muertos, mirando con ojos vidriosos desde los pálidos rostros manchados de sangre. Junto a ellos había también una infinidad de caras perrunas en cuyos ojos permanecía un apagado fulgor rojizo. Las fauces de colmillos amarillentos restaban abiertas, entre las que asomaban las hinchadas lenguas ennegrecidas. Grupos de soldados se dedicaban a vaciar el paseo. Sin miramientos, arrojaban al vacío los cadáveres de los orkos, que impactaban con un sonido hueco contra el suelo. Algunos hombres cargaban sobre los hombros a sus compañeros heridos, mientras otros apartaban los grandes pedruscos que aún permanecían en la muralla.
Aquella era una imagen de pesadilla. Como en los peores sueños sobre el infierno, la muralla era un lugar de almas torturadas y cuerpos castigados, en la que sólo se escuchaba el murmullo de los heridos y sus súplicas en busca de ayuda. Ajenos a todo el horror, los soldados seguían trabajando en medio de aquella barbarie.
Sacudiendo la cabeza, Kaliena apartó cualquier pensamiento funesto y se apresuró en socorrer a varios de los heridos que aguardaban tirados junto a los muros. Se dedicó a un joven soldado, apenas un niño, que yacía apoyado de espaldas contra la piedra. Sus piernas, flácidas y sin fuerzas, aparecían ensangrentadas en el punto donde los huesos habían sido astillados por un proyectil de catapulta.
- Rápido, hay que sacar de aquí a este hombre -oyó gritar a uno de los monjes.
Kaliena mantuvo su atención en el joven soldado. Los ojos del chico la miraban distantes, con una frágil sonrisa dibujada en los labios de los que brotaba un hilillo de sangre.
- ¡Éste primero, éste primero! -los urgentes gritos de los sanadores y de los monjes se repetían por toda la muralla.
Kaliena posó una mano sobre la despejada frente del soldado, que reaccionó volviéndose y dándose cuenta de su presencia. Su boca se abrió para decir algo, pero una brusca convulsión lo invadió antes de soltar un espumajo sangrante sobre su cota de mallas.
- No hables, no pasa nada -trató de tranquilizarle la mujer, frotando con suavidad la frente del muchacho. El chico se quedó quieto y Kaliena situó la mano abierta sobre la fría piel del herido. Al momento empezó a entonar un monótono murmullo, pronunciando un rezo curativo. Los gritos se sucedían. Los heridos se quejaban y pedían auxilio. Los soldados arrojaban sin cesar los cuerpos de los orkos por encima de los muros. Otros apartaban a un lado los compañeros, amigos y conocidos que habían caído durante la lucha, amontonando sus cadáveres en uno de los márgenes del paseo. Kaliena no prestó atención a todo el dolor que sucedía a su alrededor. Concentrándose en la plegaria, continuó recitando los versos, hasta que su mano brilló con un fulgor azulado. El soldado musitó algo incomprensible. La mujer le silenció posando un dedo sobre sus labios y siguió con el proceso curativo. La luz de su mano parecía propagarse hacia el muchacho e insuflar nueva vida en él. Unos momentos después, los ojos del herido se cerraron, mientras su respiración se prolongaba de forma suave y uniforme. A continuación, Kaliena se puso en pie y llamó a dos soldados que había próximos para que transportaran al joven a la abadía. Los hombres cargaron con el adormecido herido y se encaminaron hacia la empinada calle que descendía de la muralla. Kaliena se apartó el sudor de la frente con un rápido gesto mientras miraba en derredor. Había tanto por hacer.


08 enero 2014

La caída de Teshaner (XXIII)

Con la llegada del atardecer, Josuak y Gorm abandonaron la muralla, junto a decenas de soldados que descendían cansinamente por la rampa que llevaba desde la muralla a las calles de la ciudad. Había sido una dura jornada, combatiendo durante horas contra los interminables ejércitos de orkos. Lo peor fue la mañana, cuando los combates resultaron más duros, aunque después, por fortuna, el enemigo se limitó a lanzar pequeñas acometidas que fueron repelidas por las defensas de la ciudad. Aún así, el número de muertos era muy alto, igual que el de heridos, que eran transportados en literas o simplemente en brazos hacia la abadía de Korth.
Gorm caminaba con su hacha apoyada en el hombro, su musculoso salpicado de innumerables manchas de sangre, algunas propias de color carmesí y muchas otras negras de sus enemigos. A pesar de las heridas y los cortes, no demostraba signos de dolor o debilidad, regresando de la batalla con un gesto de tranquilidad en sus acerados ojos grises.
Un vendaje manchado de sangre rodeaba la frente de Josuak. El escudo había desaparecido, desechado en pleno combate después de resquebrajarse por el ataque de una maza. Sus ojos miraban indiferentes la riada de hombres que descendía por la avenida. Había decenas de heridos, algunos con simples cortes y magulladuras, otros con miembros amputados. La comitiva pasaba con lentitud entre las viejas casas, en cuyas ventanas multitud de curiosos, niños y mujeres en su mayoría, observaban en silencio la macabra procesión.
- Tienes que ir a que te miren esa herida -le dijo Josuak a Gorm, indicando el corte que cruzaba la parte baja de la espalda de su compañero.
- No es nada -respondió éste.
- Ya lo sé, pero será mejor que alguno de los curanderos te eche un vistazo. ¿Quién sabe la porquería que llevaba el arma del orko que te hizo eso?
Gorm no replicó esta vez. Continuó caminando, sin prestar atención a varios soldados que se habían detenido a un lado para coger fuerzas.
- Está bien -aceptó el gigante tras recorrer unos metros más-. Iré a la abadía. -hizo una pausa para mirar a Josuak.- Aunque ya sabes que no me gusta que esos viejos debiluchos me pongan las manos encima. Sus ungüentos huelen a orín de caballo. Josuak no pudo más que esbozar una cansada sonrisa.
- Pues tendrás que apañártelas tú solo con ellos -dijo con un leve tono de maldad-. Porque yo me voy a la posada a comer y dormir.
- ¿Cómo? -Gorm le cogió del brazo y le obligó a detenerse-. ¿Yo a la abadía y tú a comer y dormir? De eso nada, ya iré en otro momento a que me curen. Josuak estaba demasiado cansado como para reírse del preocupado gesto del gigante.
- Vamos a la posada -le dijo-. Ya le diremos a alguna de las camareras que te vende ese corte mientras nos comemos una buena ración de carne.
- Sí, eso está mejor -dijo Gorm borrando la inquietud de su rostro.
- Eso, claro, si es que no hay racionamiento de la comida -añadió Josuak un momento después.
- No, racionamiento no -se quejó Gorm, cerrando los ojos con una nueva mueca de preocupación.
Ambos prosiguieron el descenso entre la multitud. Los soldados, los campesinos, tantos y tantos hombres que habían sobrevivido a aquel espantoso día, todos caminaban en ominoso silencio. Josuak no pudo evitar un fugaz pensamiento acerca de aquellos que no habían sido tan afortunados. Pasaron bajo uno de los arcos que cruzaban la avenida y se encontraron con varios monjes que se abrían paso en dirección contraria, ascendiendo hacia la muralla. Los dos mercenarios reconocieron al instante a Kaliena entre el pequeño grupo de religiosos. La mujer levantó una mano en señal de saludo. Al cruzarse con ellos se detuvo y les indicó a sus compañeros que continuaran caminando, que les alcanzaría en breve.
- Gracias a Korth que estáis bien -les dijo, mirando impresionada el aspecto que los dos guerreros presentaban. Su atención se centró en Gorm, y en la infinidad de rastros de sangre reseca que cubrían su poderoso torso. Los soldados y los heridos transitaban por el lado de los tres, apenas reparando en ellos.
- Desde la muralla oeste hemos visto la lucha -siguió Kaliena, los ojos castaños velados por una bruma de tristeza-. Ha debido ser horrible. Parecía imposible que resistierais el ataque de las catapultas.
- Hemos tenido suerte -dijo Josuak-. Muchos otros que se han quedado en la muralla no pueden decir lo mismo.
- Hemos aguantado -dijo Gorm, para al momento exclamar-. ¡Y matado a muchos orkos!
Kaliena posó una mano sobre el ancho antebrazo del gigante azul.
- Me alegro -dijo, tratando de sonreír pero no logrando más que un leve gesto-. Al menos los orkos se lo pensarán mejor antes de lanzarse otra vez sobre la ciudad. Josuak estuvo a punto de decir algo, aunque en último instante guardó silencio y se volvió a un lado para ver pasar a una camilla con un hombre moribundo. Entonces sintió la mano de la mujer que se apoyaba en su hombro.
- No podrán vencernos -le dijo ella, mirándole directamente a los ojos-. Mientras haya guerreros como vosotros la ciudad no caerá ante esos diablos. El mercenario no respondió.
- Lamento lo que dije el otro día -añadió ella sin apartar sus bellos ojos de Josuak-. No tienes nada que demostrar, ya que tus acciones hablan por ti mejor que tus propias palabras. Kaliena mantuvo un instante más su mano sobre el hombro del mercenario, antes de apartarla con brusquedad-. Tengo que irme -se despidió, dándose la vuelta-. Hay muchos heridos por atender y no puedo perder más tiempo. -internándose entre los milicianos que caminaban en sentido contrario, la mujer desapareció en dirección a la muralla.

Josuak y Gorm reemprendieron también el lento descenso por la avenida. El aire era aún más frío al acercarse el anochecer y el cielo negro amenazaba con otra nevada sobre la sitiada ciudad. Josuak, sintiendo un escalofrío, echó en falta su gruesa capa de piel. 

03 enero 2014

Feliz navidad y feliz 2014


Nada, aprovecho esta felicitación tan chula que han hecho Jolan en el blog de Adalides para felicitar el año y ver que el anterior ha sido un año increíble en cuanto a librojuegos publicados en España. ¿Quién iba a pensar en 2006-2009, cuando sólo se publicaron los de Nosolorol, que ahora estaríamos así? Sin duda, somos pocos, pero aquí estamos.


02 enero 2014

Crónicas de Valsorth - Turno 47

TURNO 47 – Ocho de marzo del año 340, Eras-Har.

Tras el duro combate contra las arañas gigantes y la sorpresiva aparición del capitán Dobann y sus caballeros, el grupo tan sólo tiene tiempo de intercambiar unas palabras con el caballero de Stumlad, que les explica su historia:
Hace diez días, por la noche, un ejèrcito de orkos dirigidos por elfos oscuros asaltó Fuerte Terain, matando a mucho, y sólo unos pocos consiguieron huir al sur. Perseguidos por una horda de orkos y elfos, se vieron obligados a entrar en el Bosque de la Araña, donde fueron emboscados en un sendero. Sólo ellos tres escaparon al ataque y huyeron al sur.
Sin tiempo para más, el grupo de aventureros y los caballeros se dirigen por los senderos al sur, recorriendo el camino de vuelta mientras sienten el apremio de ser perseguidos. Al poco tiempo, una explosión retumba en el bosque, señal de que alguien ha activado el glifo explosivo que Mirul había puesto en el claro del gran olmo.
Con la llegada de la tarde, una fuerte tormenta se desata en el bosque y los senderos se convierten en un barrizal. Uno de los caballeros, herido en una pierna, no puede seguir más y necesita hacer un descanso. El grupo se detiene en un claro, donde Fian atiende la herida del caballero, mientras Orun y Olf montan guardia a ambos lados.
Olf vigila el sendero occidental, pero la lluvia y la vegetación impide ver más allá de unos metros. De pronto siente un movimiento entre las ramas, y un leve chasquido es seguido de una pua afilada que se clava en su cuello. El bárbaro se dispone a dar la alarma, pero no puede moverse, paralizado por el veneno. Al momento aparece descolgándose de los árboles una gran criatura de cuerpo de serpiente y torso humanoide de cuatro brazos acabados en garras. Su rostro es una máscara monstruosa, con leves rasgos de mujer. Se trata de una salamandra de los bosques, que se mueve sigilosa para acabar con el bárbaro sin que sus compañeros se percaten de ello. Por fortuna, Olf logra recuperarse de la parálisis y responde con un grito y un golpe de su hacha, que apenas hiere a la salamandra, que le provoca graves heridas con sus garras. El bárbaro, retrocede al interior del claro, donde Irasal, la mercenaria elfa, reacciona con rapidez, carga su arco y acierta con una flecha en pleno rostro de la salamandra, que cae al suelo entre convulsiones, moribunda.
En ese preciso instante, Orun alerta de que alguien se acerca por el otro sendero. Sin tiempo para planear una estrategia, todos se ocultan entre la vegetación, justo antes de que un grupo de tres elfos oscuros irrumpan por el sendero al mando de veinte orkos. Su capitán es un elfo con el rostro cruzado por una cicatriz, que observa el claro con desconfianza y dice algo en su idioma a los que le siguen. Fian, temiendo que les van a descubrir, le pide a Mirul que utilice su magia. La elfa entonces se mueve entre los árboles y recita su conjuro. El líder de los elfos oscuros descubre a la mujer, y puede alertar a los suyos, justo antes que un proyectil flamígero surja de sus manos y estalle en una gran explosión de fuego en el centro del claro. Muchos orkos y elfos caen malheridos por el fuego y esta situación la aprovechan para irrumpir en el claro y acabar con el resto. A pesar de usar sus capacidades mágicas para envolver de oscuridad, el grupo de aventureros junto a los caballeros acaban con todos los enemigos.

Una vez finalizada la lucha, siguen huyendo hasta salir del bosque, donde toman los caballos que habían dejado fuera y emprenden el camino de regreso a Eras-Har, donde llegan ya bien entrada la noche.

30 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XXII)

Kaliena observaba el desarrollo de la batalla desde un bastión de la muralla oriental. La mujer, junto a otros tres monjes guerreros de su orden, estaba al mando de una guarnición formada por una veintena de hombres y mujeres, civiles todos, y cuya misión era proteger aquella sección. Por el momento, todos los ataques se habían concentrado en la parte norte de la ciudad, de modo que lo único que podían hacer por ayudar a sus compañeros era rezar.
Negras columnas de espeso humo se elevaban en la pradera. El ejército orko lanzaba una tropa tras otra contra las murallas, trepando por cuerdas y escalas, en número tan superior a los defensores que estos no podían evitar que muchos alcanzasen la cima. Las flechas surcaban el cielo, los cuerpos caían como pesados fardos desde las almenas, los gritos de júbilo y furia se confundían con los estremecedores alaridos de dolor.
Centenares de diminutas figuras se batían a muerte en la atalaya, los orkos resaltando como negras manchas entre los pálidos rostros de los soldados humanos. Kaliena contemplaba sin aliento aquel dantesco espectáculo, sosteniendo con fuerza la vara y lamentándose por no poder acudir en ayuda de los defensores.
Sin embargo, a pesar de las infinitas unidades orkas, los muros resistían los embates, y cada ataque era saldado con cuantiosas bajas para los invasores. Los arqueros enviaban a decenas de orkos al infierno y los soldados expulsaban a los demás atacantes a base de estocadas. Un rechinar atrajo la atención de la mujer.
Sus ojos castaños se apartaron de la cruenta batalla y se dirigieron hacia los campos que rodeaban la ciudad. Allí, sobre la nieve, una treintena de grandes carromatos se habían situado en perfecta formación.
Nuevos chasquidos se sucedieron mientras los orkos manipulaban aquellos aparatos que Kaliena no podía reconocer.

La primera descarga fue demoledora. Inmensos bloques de piedra trazaron una trayectoria parabólica y alcanzaron la parte más alta de las murallas. Los proyectiles cayeron por todas partes, destrozando los muros, abriendo profundos socavones en la vía y aplastando a decenas de soldados. Josuak vio cómo un pedrusco del tamaño de una rueda de carro sepultaba a dos hombres, salpicando de sangre la almena. Otro proyectil impactó en el muro, desintegrando la piedra en una lluvia de virutas y polvo. Un soldado saltó evitando otra roca, pero salió despedido y cayó de espaldas al suelo, quedando indefenso ante las cimitarras de los orkos. Un pedrusco atravesó el torreón, pulverizando sus paredes y matando a los tres arqueros que había en su interior. Josuak buscó a Gorm en medio de la desesperada. Los orkos, aprovechando la cobertura de las catapultas, habían invadido el bastión y masacraban a los confusos soldados. Las cuerdas colgaban por todas partes y más de aquellas criaturas trepaban la muralla con las cimitarras atenazadas en las mandíbulas. Un soldado fue acuchillado por tres enemigos, un arquero disparó una flecha casi a ciegas un momento antes de ser atravesado por una lanza. Josuak escuchó un colérico rugido que le era familiar y dirigió su atención hacia el lugar donde se agolpaban los luchadores.
En pleno fragor del combate encontró a Gorm, blandiendo su hacha en círculo a la vez que bramaba con furia animal. El filo del arma decapitó a un orko. Por desgracia, una decena de aquellos seres rodeaba al gigante. Josuak, lanzando también un grito de rabia, se abrió camino a espadazos entre el mar de enemigos.
Gorm abrió en canal a un orko y se volvió para evitar un ataque traicionero. Josuak saltó sobre el borde de la muralla y corrió por encima de las almenas, cortando numerosas cuerdas en su camino hasta el lugar donde el gigante destripaba a otro rival.
Las catapultas lanzaron una nueva lluvia de piedras sobre la muralla. Un proyectil aplastó a varios hombres y orkos. Otro destrozó una parte del muro y arrojó los cascotes sobre los asaltantes que trepaban por él.
Josuak saltó de la almena justo en el momento en que uno de los pedruscos la convertía en polvo. El mercenario cayó sobre un orko, hundiéndole la espada entre los omoplatos. Gorm recibió una herida en el brazo. Inmune al dolor, replicó con un golpe de hacha que arrojó al agresor por encima del muro. Otra piedra estalló en el centro del paseo, reventando a más hombres y abriendo una telaraña de grietas en el suelo. Josuak alzó instintivamente su escudo para detener una cimitarra. Un orko rasgo la espalda de Gorm, abriendo una profusa herida en la azulada piel del gigante, que se desembarazó de su atacante lanzándolo contra el suelo para aplastarlo a continuación con su hacha. Un silbido cruzó el cielo y un bloque de piedra destrozó otra parte de la muralla. Una flecha se hundió en el rostro de un atacante. La batalla continuaba sin ningún orden; las tropas defensoras superadas en todos los sentidos y sin tener tiempo para reorganizarse y plantar cara a los invasores.
La lluvia de pedruscos cesó mientras las catapultas eran recargadas. Josuak, tras matar un nuevo enemigo, consiguió llegar junto a Gorm.
- ¡No podemos seguir aquí! -le gritó a la vez que destripaba de un tajo a uno de los orkos que acosaban al gigante. Gorm, por su parte, balanceó su enorme hacha y cortó las piernas de otro atacante.
- ¡Las catapultas acabarán con nosotros! -siguió gritando Josuak-. ¡Hemos de retirarnos!
El gigante rugió otra vez y aplastó uno de los perrunos cráneos de un poderoso mandoble. Sin prestar atención a su amigo, se dio la vuelta y se dispuso a enfrentarse a la nueva hornada de enemigos que acababa de alcanzar la cima de la muralla.
En ese instante, las catapultas fueron accionadas de nuevo y por tercera vez el cielo se llenó de enormes pedruscos. Otra sección del muro se convirtió en ruinas ante los terribles impactos. Nuevas cuerdas volaron y los garfios encontraron asideros en las piedras y los cuerpos caídos. Gorm cargó con su hacha, empujando a tres orkos fuera del muro y haciendo frente a los cinco restantes. Josuak maldijo entre dientes y saltó por encima de varios cadáveres para ir en ayuda de su amigo de piel azul. Una piedra cayó unos metros más allá y fulminó a dos soldados, convirtiendo sus cuerpos en una pulpa de carne, sangre y huesos rotos. Gorm y Josuak lucharon espalda contra espalda. La cruenta batalla prosiguió, cayendo hombres y orkos por igual, pero, mientras que los primeros eran cada vez menos numerosos, los segundos parecían no tener fin.
Un gran orko de poderosa musculatura evitó el ataque de Josuak y le alcanzó de refilón con un tajo de su cimitarra. El mercenario sintió un doloroso relámpago en su frente. Reponiéndose al instante, logró detener el siguiente golpe y estampó el escudo en el cuello del orko, que boqueó sin aire y cayó de rodillas. Josuak prosiguió con un rápido tajo descendente y decapitó limpiamente a la inmunda criatura.
Sin tiempo para reponerse, se pasó una rápida mano por la frente y se enjugó la sangre. Un instante después ya se enfrentaba con otro de aquellos monstruos. Su brazo empezaba a cansarse y sus movimientos eran cada vez más lentos y torpes. El ágil mercenario amputó la garruda mano izquierda de su adversario y se volvió para encarar a otro más. La situación era desesperada; no aguantarían mucho más.
Las catapultas lanzaron la siguiente andanada de piedras. Los proyectiles cayeron sobre la muralla como inmisericordes castigos divinos, aplastando hombres y resquebrajando aún más las debilitadas defensas.
Gorm luchaba convertido en una bestia furiosa. Josuak, exhausto, cortó una de las cuerdas que colgaban de la muralla y se preparó para recibir a un nuevo rival.
De pronto, el poderoso sonido de un cuerno resonó por encima del fragor del combate. Humanos y orkos detuvieron la lucha durante un instante mientras los ecos de la llamada retumbaban en el paseo.
- ¡Adelante, por Stumlad! -se escuchó un grito.
Josuak se volvió hacia la empinada avenida que llevaba a la muralla desde el interior de la ciudad. El mercenario a punto estuvo de perder la cabeza cuando el orko con el que luchaba aprovechó su despiste para atacar. Hombre y monstruo rodaron por el suelo, forcejeando. Josuak sintió una garra arañar su brazo.
Liberándose de la presa, pudo abrir el cuello del orko con su espada. De una patada se quitó al cadáver de encima y se incorporó justo en el momento en que un nuevo canto del cuerno se imponía sobre el tumulto de la batalla.
- ¡Sin piedad, no dejéis ni uno con vida! -ordenó una poderosa voz.
Abriéndose paso por el acceso a la muralla surgió una decena de caballeros, vestidos en brillante armadura y montados sobre impresionantes corceles. A la cabeza del grupo, cabalgando con increíble seguridad a pesar de lo resbaladizo del piso, iba Pendrais, con la espada alzada y pronunciando una nueva orden con voz profunda y segura. Los cascos de los animales aplastaron a varios de los sorprendidos orkos mientras las
espadas acababan con que intentaban huir.
Tras los caballeros, aprovechando la vía abierta por estos, un batallón de arqueros corría pendiente arriba y se apresuraron a tomar posiciones en la muralla. Tensaron sus cuerdas y, a la señal de su capitán, lanzaron una densa lluvia de saetas sobre las catapultas. Muchos de los orkos encargados de manejarlas cayeron muertos sin poder activarlas de nuevo. Los arqueros enviaron una nueva ráfaga que acabó con todos los
orkos que había junto a los malditos ingenios de guerra.
Josuak, agotado, respiraba aceleradamente sin poder hacer más que observar a su alrededor. La muralla, hasta hace unos momentos un lugar de caos y pesadilla, permanecía en una paz casi irreal. Incontables cuerpos yacían desparramados por el suelo, inmóviles y con los rostros contraídos en horribles muecas. Los grandes pedruscos que habían destrozado la cumbre del bastión ocupaban buena parte del paseo, sepultando los cuerpos de innumerables soldados. Los supervivientes se movían de un lado a otro, encargándose de ayudar a los compañeros heridos a la vez que daban muerte a los del ejército invasor.

Entretanto, los arqueros prendieron sus flechas en fuego y dispararon sobre las catapultas. Como si de brillantes estrellas fugaces se tratase, los proyectiles cruzaron el encapotado cielo e impactaron sobre la madera, haciéndola arder y convirtiendo los pesados carros de combate en grandes piras de fuego. La batalla había concluido, por el momento.

27 diciembre 2013

Reflexiones 2013


Un año acaba y como siempre me siento este día de fiesta, con algo de resaca de los excesos de añoche, a plasmar en esta entrada mis pensamientos sobre el año que dejamos atrás.

Para mí 2013 es el año en que la saga de librojuegos de Leyenda Élfica ha llegado a su conclusión, con la publicación de los libros 3 y 4. La historia que lo empezó todo veía así su final, en una edición que creo ha quedado muy digna y que permiten ver en conjunto toda la historia del príncipe Araanel, su compañera Miriel, Pendrais y demás personajes. La recepción de los librojuegos ha sido buena, con varias reseñas que constatan que la saga ha ido ganando en calidad e intensidad con cada volumen. Para mí, ha sido todo un placer ver los cuatro libros juntos, y que los seguidores pudieran completar la historia.
La publicación de estos libros ha coincidido con el resurgir de los librojuegos en nuestro país, con la salida de otros libros de diferentes autores y editoriales, como La feria tenebrosa, Héroes del acero, o los importados Destiny Quest. La verdad es que es una gozada ver que los librojuegos no están muertos y que siguen siendo un medio tan válido como cualquier otro para contar historias.

Respecto al juego de rol de El Reino de la Sombra, la verdad es que ha habido dos aportaciones importantes durante este año. Por un lado, la publicación del Libro Básico en tapa dura ha sido una apuesta de Nosolorol por el juego, corrigiendo el mayor error que tuvo la primera edición, como fueron unas tapas algo endebles, y dándole robustez al libro. Además, ha sido una oportunidad para que nuevos lectores conocieran el juego y se hicieran con él, comprándolo en cualquier tienda especializada.
El segundo punto importante del año ha sido la publicación del suplemento de Defensores de Korth, el tercero de la serie, y que sirve para dar continuidad a la línea.
Por supuesto, muchos hubiésemos querido que el Libro Avanzado hubiese salido en este 2013 que ahora acaba, pero el trabajo que está dedicando Nosolorol ha revisarlo requiere de tiempo, y al final es mejor tener un manual bien trabajado que no sacar un producto mejorable por ir con prisas.

El tercer punto que querría destacar es el movimiento que se ha ido produciendo este año de reconocimiento de El Reino de la Sombra, y que tengo la sensación que se ha acentuado en los últimos meses. Me refiero a reseñas en blogs, comentarios, etc que han ido saliendo en internet, en que aficionados comentaban los puntos fuertes del juego, y creo que hacían una revisión del juego mucho más a fondo que simplemente decir que es otro clon de Dungeons and Dragons.
A este debate seguro que ha contribuido también la salida en castellano del todopoderoso Pathfinder, al que siempre me he referido en broma como la llegada del señor de la sombra... Sin duda, Pathfinder es un juegazo y el volumen y ritmo de sus publicaciones puede arrasar con todo. Para mí, el hecho de que haya habido gente que se haya manifestado a favor de El Reino de la Sombra en vez de Pathfinder no puede sino ser un gran orgullo, y que me da más fuerzas que nunca para seguir escribiendo.

¿Y qué nos depara el futuro? Pues está claro que el objetivo para 2014 es publicar finalmente el Libro Avanzado de El Reino de la Sombra, que está suponiendo un esfuerzo titánico, tanto para JC, Pedro J, así como Xavi Tarrega que se está encargando de ilustrarlo. Por mi parte, espero que el manual cumpla las espectativas y amplie y mejore el juego. Ni se me ocurre hablar de fechas, pues eso depende de Nosolorol y yo creo que aún quedan unos cuantos meses hasta que podamos tenerlo en nuestras manos. Sólo espero que sepáis entender esta demora y que la espera valga la pena al final.
A su vez, Nosolorol tiene un producto en mente que relaciona los librojuegos de Leyenda Élfica y el juego de El Reino de la Sombra. Esperaré a que sean ellos quienes comenten algo al respecto, pero será una nueva aportación al mundo de Valsorth.
Respecto al Reino, este año también se publicará la pantalla del Director de Juego, y quizás incluso alguno de los suplementos que aguardan en cola, como el de los elfos salvajes o el de los clanes bárbaros. Por mi parte, este año lo dedicaré a seguir escribiendo el Libro Experto, y así dar más trabajo a Nosolorol cuando acaben con el Libro Avanzado...

Como podéis ver, proyectos en marcha no faltan, y es el ritmo de revisión y corrección de los libros, así como la estrategia editorial de Nosorol, lo que marcan la publicación de los libros. Muchos de vosotros habéis manifestado que se está tardando demasiado tiempo en sacar el siguiente manual, o que corremos el riesgo de que la línea muera si no nos damos prisa en publicar más material. Desde aquí, sólo puedo esperar que compartáis conmigo la idea de que mejor esperar y garantizar un producto de calidad, como ya hicimos con el Libro Básico.

Nada más, sólo desearos a todos unas felices fiestas y un feliz 2014. Aquí seguiremos en enero, en nuestra lucha por salvar Valsorth y no doblegarnos ante la llegada de la oscuridad. ¡Aquí seguimos!


PD: Para ilustrar estos desvaríos, esta vez he escogido una foto que me hizo una persona hace unos meses. Le dije que algún día lo usaría en mi blog y así ha sido.




25 diciembre 2013

Campaña de El Reino de la Sombra en La Puerta Negra.


Simplemente hacer una nota de la campaña que están llevando a cabo la gente del blog de La Puerta Negra, en su regreso a Valsorth y a El Reino de la Sombra, después de aquellos míticos podcasts (el sacrificio del gigante azul fue épico). Podéis seguir sus aventuras gracias a la narración de las mismas que están haciendo en su blog.
Desde aquí, muchas gracias, y mucha suerte en Teshaner!

Descenso a Gradzvayr II





23 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XXI)

La primera acometida se produjo contra la puerta norte. Josuak, Gorm y el resto de la guarnición contemplaron desde las almenas cómo las tropas orkas cargaron contra los muros. Los arqueros recibieron a los atacantes con una lluvia de flechas. Muchos orkos cayeron heridos o muertos, pero el resto prosiguió su alocado avance hasta alcanzar la base de la muralla. Las saetas siguieron cruzando el cielo y provocando más bajas. Los orkos se agolparon contra los muros en busca de protección. Otros dispararon sus arcos contra las almenas, aunque sus flechas quedaban cortas y se quebraban contra la piedra muchos metros por debajo de las posiciones de los milicianos, quienes seguían repartiendo muerte desde su aventajada posición.
A pesar de que los orkos caían a decenas, más y más enemigos cruzaban las chabolas de los alrededores de la ciudad, guareciéndose en ellas para alcanzar las murallas. Escalas de cuerda volaron sobre los muros. Más silbidos de flechas, más gritos de muerte; el caos se desató en aquella sección de la muralla. Los arqueros no pudieron evitar que los orkos más rápidos treparan hasta la cima. La lucha se recrudeció entonces. Los milicianos se batieron a espadazos, expulsando a los invasores, pero sin poder evitar que varios de los suyos cayeran al vacío junto a los orkos.
Josuak contempló a los defensores resistir el asalto y hacer retroceder a los orkos. A su lado, los hombres de la guarnición prorrumpieron en gritos de júbilo y alegría. Los ánimos renacieron entre el destacamento de soldados y campesinos, confiando en que quizás las altas murallas podrían detener a la negra marea que se les venía encima.
Entonces, cortando los cantos de alegría, tres escuadrones de soldados orkos arrancaron desde la retaguardia y se dirigieron hacia la sección que ellos defendían.
- ¡Ya vienen! -alertó innecesariamente uno de los vigías.
Los orkos se internaron a la carrera entre el laberinto de casuchas, prendiéndolas en llamas. La humareda se elevó en el cielo justo en el momento en que los arcos de los soldados empezaron a chascar. Las flechas cruzaron el grisáceo amanecer y muchos de los bramidos de los atacantes se quebraron en breves alaridos de dolor. Los orkos recibieron la fatal lluvia arremolinándose en la base de la muralla, desde donde empezaron a lanzar cuerdas hacia lo alto. Los garfios aparecieron por todas partes, aferrándose a cualquier saliente que encontraran. Los soldados recorrían el baluarte cortando cuerdas y lanzando a muchos orkos hacia una muerte segura. Sin embargo, las cuerdas seguían cayendo sobre la muralla.
Josuak se apresuraba en cortar todos los cabos que encontraba a su alrededor. Los arqueros disparaban una y otra vez en un intento de detener a los trepadores que ya se encontraban cerca de las almenas. Gorm arrancó con la mano uno de los garfios y dejó que la cuerda se escurriera como una veloz serpiente hacia el abismo. El gigante se giró para ver aparecer a los primeros enemigos que alcanzaron la cumbre, portando las cimitarras entre los dientes y con los ojos rojizos refulgiendo con salvajismo.
Gorm se apresuró en hacerles frente. Describiendo un amplio tajo con su hacha, alcanzó en el pecho a uno, arrojando con el impulso a otros dos fuera de la muralla. Josuak se situó al lado del gigante y de una estocada envió a otro orko hacia las piedras de abajo.
La batalla estalló en la muralla. Los milicianos aferraron las espadas y se enzarzaron en una lucha cuerpo a cuerpo con los atacantes. Un soldado fue arrojado por el borde, un orko graznó de dolor con una profunda herida en el cuello, las flechas silbaron por encima de los combatientes. Gorm rugió con furia y, de un hachazo, abrió en canal la cabeza de un enemigo. Josuak detuvo con su escudo una cimitarra y lanzó una estocada a las piernas de su rival. El orko se desplomó entre lloriqueos, ocasión que aprovechó el mercenario para acabar con él. Seguidamente, cortó dos nuevas cuerdas que habían aterrizado en la muralla. Una vez hecho esto, se acercó al borde para expulsar a dos atacantes. Pateó a uno por la espalda y amputó la mano del otro de un tajo. El orko chilló de dolor y perdió el equilibrio, siguiendo a su compañero en la caída. Josuak pudo entonces mirar por encima de las almenas y ver cómo se desarrollaba la batalla en el exterior.
Las hordas de orkos atacaban ya toda la muralla norte. El fuego arrasaba los alrededores de la ciudad y la humareda se alzaba en fluctuantes columnas negras. El grueso del combate se desarrollaba en las inmediaciones de la gran puerta, cuyos rastrillos de acero permanecían bajados e impedían el paso. Los soldados de la milicia repelían una tras otra las oleadas de asaltantes, enviando cientos de cadáveres de vuelta a las afueras de la ciudad. Josuak descubrió entonces un movimiento en las filas de los ejércitos orkos que aguardaban en los alrededores: Varios escuadrones se dispersaron hacia diferentes puntos de la muralla, tirando con cuerdas de unos artilugios que la distancia impedía precisar.
Nuevos enemigos surgieron ante Josuak en ese momento. El mercenario mató de un sorpresiva estocada al primero y con el escudo evitó el ataque del segundo. Retrocediendo varios pasos, logró contraatacar y hundir su espada en el estómago del orko. Gorm apareció entonces y agarró por la espalda al tercero, levantándolo con sus poderosos brazos y arrojando al aterrado orko al vacío. El cuerpo rebotó duramente contra la piedra, arrastrando a varios escaladores con él.
- Tenemos problemas -le gritó Josuak al gigante, recuperando su posición en las almenas y señalando a los lejanos grupos de orkos que proseguían su lenta aproximación-. Mira aquello -añadió como única explicación.
La distancia era menor ahora, de modo que pudieron distinguir los grandes aparatos que los orkos arrastraban con cuerdas. Eran pesados carros de madera, de grandes ruedas y del tamaño de una vivienda.
En su centro, en un complejo entramado de cuerdas, reposaba un alargado brazo acabado en una cesta de metal.
- Catapultas -anunció Josuak.
Gorm no contestó. Tras sacudir la cabeza para olvidarse de las catapultas, se lanzó sobre los orkos que coronaban la cumbre de la muralla. Josuak, tras echar un último vistazo abajo, se adentró en la caótica batalla. Un orko apuñaló por la espalda a un desprevenido soldado. Josuak se deslizó a su lado y vengó al caído de un espadazo, esquivando a continuación el ataque de otro enemigo. Tras darle muerte, prosiguió avanzando entre los luchadores, distinguiendo brevemente a Hilnek. El mando y varios soldados protegían el torreón de un numeroso grupo de orkos. Uno de los defensores recibió una estocada en el estómago. El orko no pudo disfrutar de su victoria, ya que otro soldado le atravesó con su espada. Josuak apareció a la espalda de uno de los monstruos y, agarrándole el cuello con el brazo del escudo, le abrió la garganta en un sangrante corte. Dándose la vuelta, describió otro tajo y acabó con el último de los enemigos.
- ¡Hilnek, se acercan catapultas! -gritó Josuak al veterano soldado, que yacía encorvado hacia delante mientras recuperaba el aliento. Éste levantó los ojos y le miró sorprendido.
- ¡Catapultas! -repitió Josuak señalando con la mano hacia el exterior-. ¡Los orkos traen catapultas!
Hilnek miró hacia donde indicaba el mercenario y su semblante quedó lívido. Los otros soldados reconocieron también la poderosa maquinaria de guerra y un velo de desesperanza cubrió sus miradas.
- ¡No puede ser! -negó Hilnek asomándose a la almena, obviando la lucha que seguía desarrollándose a su alrededor-. ¡No puede ser, esos salvajes no saben construir catapultas! -gritó sin poder creer lo que estaba viendo.

Josuak no se molestó en responder. Los escuadrones orkos se habían alienado ya a un centenar de pasos de la muralla y se apresuraban en preparar las catapultas para lanzar la primera andanada.

20 diciembre 2013

Reseña de la saga de Leyenda Élfica



Pues en el blog de Zona zero, han ido colgando estos meses reseñas de todos los librojuegos de Leyenda Élfica. Podéis leerlas en los siguientes enlaces:

El bosque en llamas

El emisario

La abadía de la traición

Aliados y enemigos

Desde aquí, tan sólo agradecer al autor que haya escrito estas críticas sobre los libros. Además, y respondiendo a su última petición, ¿quién sabe si en el futuro volveremos a Valsorth en otro librojuego?

16 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XX)

Josuak descansaba sentado en la piedra del suelo, la espalda apoyada sobre la almena. A pesar de que el amanecer estaba próximo, la oscuridad era total en la muralla, siendo las antorchas que pendían de los muros la única fuente de luz. La nieve había cesado de caer durante la noche y en aquella primera hora del día ya había sido barrida por el ir y venir de los soldados. El clima era tan desapacible que el frío llegaba a lo más profundo, helando hasta el ánimo de los hombres, que aguardaban en la atalaya en silencio y observaban con preocupación el manto de negrura que se extendía ante ellos. Josuak se frotó el rostro tratando inútilmente de calentarlo y cubrió su boca con las manos para suavizar el congelado aire que respiraba. Un nuevo escalofrío le sacudió el cuerpo cuando una ráfaga de viento glacial barrió el alto de la muralla. El mercenario vestía su usual cota de mallas, pero se había desprovisto de la capa verde, sabiendo que más adelante resultaría un estorbo. Se había recogido también el pelo por una tira de cuero, dejando despejada la frente bajo la que resaltaban sus castaños iris. Tras murmurar una maldición por el frío, desvió la mirada a su derecha. Inmune gélido viento, Gorm escrutaba el oscuro amanecer con rostro impasible. El gigante reposaba los brazos sobre la empuñadura de su enorme hacha, observando con indiferencia la planicie donde las hordas de orkos preparaban el primer ataque contra la ciudad. Josuak sacudió las manos sobre las pantorrillas y agarró la espada que yacía a su izquierda. Cerrando los dedos sobre la empuñadura, alzó el arma y contempló ensimismado la hoja, recién afilada por uno de los herreros que atendían a la guarnición. Observó la espada durante unos momentos, para después ponerse en pie y guardarla en la funda de su cintura.
- ¿Qué pasa ahí fuera? -le preguntó a Gorm, apoyándose sobre la parapeto y examinando también el exterior de la ciudad.
- Ya queda poco -respondió escuetamente el gigante.
Josuak no dijo nada y se dio la vuelta hacia el centenar de hombres que formaban la guarnición encargada de defender aquel tramo de muralla. En su mayoría se trataba de campesinos y trabajadores, de fuerte constitución y acostumbrados a usar la azada, pero que sostenían con manos inseguras las espadas que les habían entregado en los cuarteles de la milicia. Ninguno de ellos sabría cómo reaccionar en una batalla, por lo que en el grupo había una decena de soldados, mercenarios y aventureros. Estos tendrían que llevar el peso de la lucha, ayudando e instruyendo a los campesinos a la vez que trataban de mantenerse con vida.
Uno de los soldados, un hombre ya mayor y de abultada barriga, había sido designado para dirigir aquella guarnición. Su nombre era Hilnek, y a pesar de tratar de aparentar serenidad, sus ojos delataban que estaba tan asustado como cualquiera de los campesinos.
Josuak y Gorm fueron destinados a esa guarnición durante la noche anterior. Nada más concluir la asamblea, Haldik estuvo hablando con ellos y les ofreció la posibilidad de ocupar un puesto en la muralla norte.
- Allí es donde habrá los combates más duros -les explicó el soldado-. Las murallas son más accesibles en ese punto y los orkos tratarán de aprovecharlo. Creemos que el ataque empezará mañana mismo, o quizás incluso esta mismo noche.
- ¿Esta noche? -preguntó Josuak, fatigado sólo de pensar en tener que luchar ese mismo día.
- Sí, las tropas de orkos se están desplazando y no esperarán más. -Haldik saludó con la mano a otro oficial de la milicia y siguió hablando-. Necesitamos a guerreros experimentados en esa muralla. Yo mismo y los mejores hombres estaremos en los diferentes bastiones. Si atacan de noche, la oscuridad volverá inservibles los arcos y entonces será necesaria la fuerza de las espadas.
Por su parte, Kaliena y los miembros de su orden habían decidido situarse en la muralla oriental, donde dirigirían a la guarnición civil. La mujer se despidió de los dos mercenarios a las puertas de la hacienda de los Lores.
- Buena suerte -les deseó, sonriendo, aunque sin poder disimular la inquietud que delataba su mirada.
- Tranquila, sería una vergüenza caer en el primer día de lucha -dijo Josuak con sorna, devolviéndole la sonrisa. La tensión entre los dos de aquella misma tarde había desaparecido, quizás debido al desarrollo de la asamblea, o quizás porqué en una despedida como aquella no era momento para demostrar rencor.
Josuak siguió hablando-: Yo por lo menos espero aguantar hasta el quinto día, a partir de entonces si muero ya no será tan bochornoso.
- Sí, mataremos a muchos -añadió Gorm secamente.
Kaliena les dedicó una agridulce mirada.
- Manteneros con vida -les pidió antes de darse la vuelta y seguir a sus hermanos de regreso a la abadía.
El frío viento arreció de nuevo en la muralla. Los hombres en ella apostados se cubrieron el rostro para protegerse del gélido elemento. Josuak murmuró otra maldición y su aliento se convirtió en una bocanada de espeso vaho.
- A este paso no hará falta que nos ataquen -se quejó-. Este frío será suficiente para matarnos a todos.
- Puede ser. -Gorm no quitaba los ojos de la explanada de abajo. La negrura seguía siendo infranqueable, pero el gigante parecía poder ver al ejército orko a través de ella.
En ese momento Hilnek, el soldado al mando de la guarnición, se acercó a ellos y empezó a hablar de forma atropellada:
- Nadie hará nada que yo no ordene, no quiero ninguna estupidez, sólo cuando yo lo mande empezaremos a atacar -les dijo, sin dejar de frotarse nerviosamente las manos y echando rápidas miradas a uno y otro lado como si buscase algo-. Sois de los guerreros más fuertes, pero hay varios arcos, por si los sabéis utilizar, pero nada de disparar si yo no lo ordeno. ¿Me oís?, no hagáis nada hasta que yo dé la orden.
Gorm y Josuak no respondieron. El gigante miraba divertido al asustado soldado e incluso llegó a sonreír. Sin percatarse de ello, Hilnek se dio la vuelta y se precipitó hacia otros tres mercenarios que charlaban unos metros más allá.
- Menudo soldadito nos ha tocado -bufó Gorm, olvidándose del militar y concentrándose de nuevo en el exterior.
- Sí, ahora me siento más seguro -bromeó Josuak.
Poco después, el amanecer hizo su aparición. El sol, amortajado por las negras nubes, aclaró el cielo levemente, lo justo para poder vislumbrar la planicie que se extendía a los pies de la muralla. Josuak se encorvó sobre el muro, mirando afuera.
- Parece que no se deciden a... -empezó a decir, pero las palabras murieron en su garganta. Sus ojos se abrieron incrédulos al mirar hacia abajo y el corazón pareció detenerse dentro de su pecho.
La nevada pradera permanecía cubierta por la bruma matutina, aunque, a medida que la mortecina luz fue apartando las sombras, empezaron a descubrirse negros enjambres de achatadas figuras. Los guerreros invasores llevaban toscas armaduras y yelmos, portando estandartes con la insignia de una garra que rasgaba un torreón de piedra. Las roncas voces se podían oír incluso desde lo alto de las almenas, gritos e insultos, mientras alzaban sus armas a modo de desafío. Había miles de orkos, incontables, a pesar de que la niebla aún no permitía ver por completo los alrededores.
Como si una maldición hubiese caído sobre Teshaner, los soldados y los campesinos exhalaron con desazón, el temor acaparando sus sentidos. En silencio, observaron las interminables columnas de guerreros orkos, y tan sólo se escucharon algunas voces que expresaban la desesperanza que reinaba en las almenas.
- ¡No puede ser!
- ¡Son muchos, demasiados!
- ¡Estamos perdidos!
Josuak oyó lloriquear a uno de los campesinos que tenía cerca. Como si de un niño se tratase, el hombre miraba con ojos humedecidos el impresionante despliegue de abajo. En su mano sujetaba una espada corta, pero sus dedos sostenían el arma sin fuerza, a punto de dejar caer la empuñadura. Más allá, un hombre ya veterano se había quedado paralizado, su rostro convertido en una máscara de terror. La mayoría de los milicianos jamás habían entrado en combate, para muchos aquella era la primera batalla. Sin duda, no era una buena contienda para estrenarse como guerreros.
Los ejércitos de abajo continuaron su avance. Los tambores redoblaron como truenos que fuesen a romper el negro cielo en pedazos. Los orkos unieron sus voces con nuevos gritos e insultos, alzando las armas con cada exhalación. Ningún hombre osó responder a la provocación. Ni una sola palabra se escuchó en los bastiones. Los soldados, los mercenarios, los aventureros, los campesinos, todos permanecían en silencio sin poder siquiera murmurar una plegaria a sus dioses.
Los tambores martillearon con más fuerza, los gritos salvajes fueron en aumento, las cimitarras se alzaron creando un mar de acero.

- Hora de luchar -dijo Gorm, agarrando su hacha y sosteniéndola con ambas manos. Josuak asintió tácitamente y desenvainó su espada.

09 diciembre 2013

La caída de Teshaner (XIX)

El capitán Pendrais estaba hablando en ese momento:
- ¿Dragones? –preguntó-. Los dragones ya no existen en Valsorth. No dudo en las palabras de la mujer, pero estoy seguro de que la tensión del momento le hizo confundir las sombras y el humo con la forma de uno de los reptiles alados.
- Tenéis razón –apoyó Lor Omek-. Los dragones fueron eliminados.
Varios asistentes asintieron. Lor Amant agradeció a Kaliena su participación, aunque no prestaron mayor importancia a sus palabras. El siguiente en intervenir fue un pescador que había conseguido llegar a la ciudad siguiendo el curso del río. El hombre explicó cómo él y sus dos ayudantes salvaron la vida milagrosamente después de ser atacados en pleno lecho del río por los orkos. Al acabar su testimonio, el caballero Pendrais pidió permiso para intervenir.
- Por lo que hemos oído aquí y por los informes de los observadores -dijo dirigiéndose a toda la mesa-, los orkos se han establecido alrededor de la ciudad y en las tierras del norte. -varios de los ocupantes de la mesa asintieron con la cabeza-. Lo que me preocupa es que no sabemos exactamente donde están situados-siguió el caballero-. Por lo que ha contado este pescador, cruzar el río puede resultar imposible si esos monstruos han ocupado los pocos pasos que hay de aquí a las colinas.
- Probablemente el paso del Ruiseñor sí que esté vigilado -intervino Lor Omek-. Es el puente más cercano y los orkos querrán evitar que nadie lo cruce.
- No son buenas noticias. -Pendrais esbozó una mueca de disgusto.
- Hay otros puentes más al norte -dijo otro de los miembros de la mesa.
- Sí, pero se tarda una jornada en llegar a ellos -repuso Lor Omek-. Y aventurarse más al norte puede ser muy peligroso. No sabemos si hay más hordas de orkos asentadas allí.
- En ese caso -Pendrais habló a la vez que se ponía en pie-, mis hombres tendrán que abrirse paso por el puente del Ruiseñor, no hay otra solución.
Varios comentarios de alegría procedentes desde los bancos correspondieron a las palabras del caballero. Lor Amant no se molestó esta vez en pedir silencio.
- Los caballeros pueden vencer a los orkos -gritó alguien.
- Sí, un caballero de Stumlad vale por un centenar de esos brutos -añadió otro invitado.
Pendrais se volvió hacia los bancos.
- Los caballeros de Stumlad acabaremos con los invasores -prometió abriendo los brazos para abarcar a todos los asistentes-. El ejército barrerá de la nieve a esas infectas criaturas.
Los invitados prorrumpieron en gritos de júbilo. Incluso alguno de los miembros de la asamblea se puso en pie y dio un enfervorizado apoyo al caballero.
- ¡Venceremos! -gritó uno de los mercaderes.
- Sí, aplastaremos a los orkos -gritó Gorka alzando el brazo como si ya hubiesen conseguido la victoria.
Josuak observó aquel espectáculo sin moverse de su asiento. Los gritos continuaron. El caballero Pendrais volvió a prometer que arrasarían al invasor. Los pies calzados con botas golpearon nerviosos el empedrado suelo. Entretanto, ajeno a los gritos, Lor Amant permanecía sentado en su amplio sillón de madera. Los ojos transparentes del viejo noble no miraban ya nada de lo que había a su alrededor y parecían perdidos en un lugar muy distante.
- Hay un tema que también ha de ser debatido -el que habló fue el Padre Arsman, levantándose con precaución y lanzando una significativa mirada al resto de miembros de la asamblea. El viejo monje aguardó a que el silencio volviese a hacerse en la sala antes de seguir hablando.
- Nos enfrentamos con un ejército inmenso de orkos -dijo con voz serena y calmada-. No sabemos el número exacto, pero está claro que son muchos, muchos más de los que suelen descender de las montañas en sus incursiones de rapiña y pillaje. Sin embargo, a nadie de los presentes parece preocuparle el porqué tan poderosa fuerza ha abandonado sus cuevas para atacar una ciudad amurallada. Ningún clan orko tiene suficiente poder como para unificar al resto bajo su bandera y, dada su naturaleza violenta y estúpida, una alianza nunca hubiese podido durar más allá de unos pocos días. -hizo una pausa y miró directamente al caballero Pendrais-. Quizás, antes de plantearnos cómo luchar contra el enemigo, lo mejor sería saber con certeza quién es nuestro enemigo y a qué fuerzas nos enfrentamos. -dicho esto, el anciano recuperó su asiento y ocultó las manos bajo las amplias mangas de su túnica.
Sus palabras habían caído como un jarro de agua fría sobre los asistentes. Nadie dijo nada, ni los consejeros de la mesa ni la veintena de invitados que ocupaban los bancos.
Lor Amant aguardó unos segundos antes de ser el siguiente en hablar.
- Como siempre, el buen padre nos ha iluminado con su sabiduría -dijo dedicando una breve mirada al religioso-. Sus palabras han sido claras y nos demuestran que quizás el ejército que rodea nuestra ciudad no sea tan sólo el fruto de una alianza orka. Aunque no dispongamos de conocimientos suficientes, no sería descabellado pensar que puede haber alguien más poderoso dirigiendo a los clanes orkos.
- Eso no puede ser -se alzó indignado el caballero Pendrais-. No hay ninguna fuerza o nación en el norte de Valsorth capaz de someter a los clanes orkos y organizarlos. Está claro que nos enfrentamos a un pacto hurdido por las naciones orkas, que se han puesto de acuerdo para intentar masacrarnos.
- No digo que no tenga razón -apuntó Lor Amant-. Pero hay que valorar otras opciones, ya que una alianza entre orkos es algo que jamás se ha visto en nuestros reinos. La única vez que así actuaron fue bajo la tutela de una figura mayor, como todos los asistentes habrán oído contar por nuestros historiadores.
La sala quedó en silencio, sin que nadie se atreviese a alzar la voz. Sabían a quien se refería el Lor, y un nuevo y preocupante nubarrón oscureció sus corazones.
- Eso fue hace mucho tiempo -protestó Pendrais sin dejarse intimidar por el ominoso ambiente que se había adueñado de la estancia-. Si os referís al desgraciado mandato del Rey-Dios, aquello sucedió hace casi doscientos años. El Rey-Dios fue derrotado y con él todas sus tropas. Mis antepasados, capitaneados por el propio Rey Miznuhor, aplastaron al nigromante en la batalla de los nueve días. Todo el mundo sabe eso, así que no levantéis viejos fantasmas que sólo sirven ya para asustar a los niños y a los cobardes -concluyó y volvió a tomar asiento.
Lor Amant mantuvo la calma a pesar de las duras palabras del caballero.
- Puede que sólo sea ya una historia de fantasmas -dijo con voz pausada-. Sin embargo, no hemos de olvidar que aquello sucedió en realidad. Un sólo hombre, corrupto de poder y usando las negras artes de la brujería, consiguió comandar el mayor ejército que ha pisado Valsorth. El Rey-Dios logró poner bajo sus órdenes a todos los orkos del norte, además de gobernar a las terribles razas de trolls e incluso a los todopoderosos dragones. Sí, eso fue hace mucho tiempo, pero no podemos olvidarlo. -el hombre hizo una pausa y centró su mirada en el caballero Pendrais-. Además, no hay datos concretos sobre lo que acaeció al Rey-Dios tras ser derrotado por la alianza entre caballeros de Stumlad y los elfos de Shalanest –añadió remarcando estas últimas palabras-. Por desgracia, la lucha que se desarrolló entre humanos y elfos en los mismos salones del templo impidió saber cual fue el fin del nigromante. Las crónicas de la biblioteca de
Salast cuentan que el Rey-Dios fue detenido, que las tropas humanas y elfas le derrotaron, pero no detallan qué sucedió. -el Lor se volvió hacia los otros miembros de la mesa-. No estoy diciendo que el Rey-Dios esté detrás de esta invasión, no creo eso, pero tampoco estoy tan ciego como para confiar en que ese enorme ejército no sea más que una alianza entre clanes orkos.
Lor Omek tomó la palabra en ese momento:
- Las palabras de Lor Amant han sido claras. Hasta ahora no hemos recibido ningún parlamentario o enviado de las tropas enemigas, por lo que no podemos saber a quien representan o cuales son sus intenciones.
- Sus intenciones son claras; atacarnos -dijo el capitán Gorka con estúpida obviedad.
- Sí, en efecto -asintió Lor Omek-. De momento no han declarado un ultimátum o unos términos exigiendo nuestra rendición. No es lógico. Antes de atacar lo usual es imponer unas condiciones, o al menos indicar los motivos por los que se produce el ataque. Claro que tampoco se puede esperar mucha lógica de esas tribus de brutos -añadió mirando a Lor Amant.
- Puede que primero quieran demostrar su fuerza -dijo entonces una voz profunda.
Todas las miradas se volvieron hacia los bancos de los invitados. Josuak, igual de sorprendido que el resto, miró a su lado, donde Gorm se había puesto en pie, mostrando su impresionante constitución y empequeñeciendo a todos los hombres que había sentados junto a él.
Lor Amant miró al gigante con curiosidad.
- Vaya, aquí tenemos a otro de los mercenarios -dijo e hizo una pausa, recordando-. ¿Gorm? Sí, creo que ese era vuestro nombre.
- Sí, Gorm es mi nombre -respondió Gorm de forma monolítica
- Ya hemos oído vuestra importante participación en ayuda de la hermandad de monjes de Korth -dijo el anciano-. ¿Qué es lo que queréis decir ahora? -preguntó con cierta impaciencia.
Josuak miró incrédulo a Gorm, sin tener ni la menor idea de las intenciones de su compañero.
- Los orkos quieren demostrar su fuerza -dijo de nuevo Gorm.
Hubo alguna risilla entre los asistentes. Lor Amant siguió mirando al enorme ser de piel celeste.
- Sí, eso ya lo habéis dicho, pero ¿a qué os referís? -le preguntó con cierto tono condescendiente, como si hablase con un niño o con un alguien de lento entendimiento.
- Los orkos no dirán lo que quieren… -Gorm hizo una pausa, confuso, miró a un lado y otro de la alargada mesa, y pareció no poder continuar. Al instante, recuperó el habla y siguió-. No dirán lo que quieren hasta que hayan atacado y demostrado que pueden ganarnos. Eso es, cuando hayan atacado y matado a muchos, entonces dirán lo que quieren y vosotros estaréis deseando escucharles.
Gorm acabó de hablar y, tras echar una nueva mirada a derecha e izquierda, volvió a sentarse junto a Josuak y Kaliena. La sala quedó en silencio, las palabras del gigante resonando como un eco en todos los presentes.